lunes, 20 de febrero de 2012

Historia de dos ciudades


No es un pez en una pecera. Es Jonathan Lethem. El tipo que de niño leía cómics de Supermán. El tipo que un día quiso ser astronauta y acabó convertido en novelista. El tipo de novelista que se pregunta por qué parece que los astronautas hayan dejado de existir. “Parece que los hemos olvidado pero están ahí, en el espacio, haciendo el mismo tipo de cosas sucias que hacemos todos, sólo que en un cohete”, dice. Está corrigiendo exámenes en su despacho. Tiene un despacho en uno de los edificios anaranjados de la Universidad de Pomona. La Universidad de Pomona está en un lugar llamado Claremont. Un lugar que pretende ser una ciudad pero que en realidad no lo es. Es una especie de campus universitario con aspecto de ciudad. Está en California. Muy cerca de Los Ángeles. Y muy lejos de su adorada Nueva York, ese monstruo de dos cabezas al que rinde tributo en su última novela, Chronic City (Mondadori), un viaje alucinado y alucinante por la vida de Chase Insteadman, el tipo al que Janice Trumbull, la astronauta que (de todas formas y haga lo que haga) morirá en el espacio, escribe cartas de amor que todo el mundo puede leer.

Tiene una taza de café sobre el escritorio y está en uno de sus descansos. Dice que sus alumnos entran y salen de su despacho constantemente. Les ha mandado leer ‘Rayuela’, de Julio Cortázar, “y tienen dudas”. Aunque seguramente no tantas como las que asaltan a Chase Insteadman cuando descubre que la realidad que está viviendo bien podría ser una de las infinitas posibilidades que su existencia recorre como se recorren las carreteras en California. Sin mirar atrás y sin preguntarse qué hay más allá de todo ese desierto. Porque un desierto es lo que parece rodear a la siempre intrépida Nueva York, el monstruo de dos cabezas. Lethem ha crecido allí. Sabe de lo que habla. “Siempre he creído que Nueva York era en realidad dos ciudades. O al menos, lo ha sido para mí desde que era un niño. Brooklyn era la ciudad real, y Manhattan era el sueño, el concepto, la realidad virtual”, dice. Porque puede que sí, que Manhattan “fuese un sitio real, al que podías llegar en metro y en el que podías comprarte cómics y pedazos de pizza, un sitio en el que podías pisar una mierda de perro y ser atropellado por un taxi”, pero nunca dejó de parecerle Otro Mundo. “En Huérfanos de Brooklyn y La Fortaleza de la Soledad hablaba del pasado, de un chico que se sentía fuera de lugar y que debía sobrellevar su relación con la familia, sus amigos, la escuela, la cultura. En esta ocasión quería hablar de cómo es vivir en dos mundos simultáneamente cuando uno es real y el otro no. Así que Manhattan me iba como anillo al dedo”, confiesa Lethem. De ahí que empaquetara sus cosas (a sus personajes, esta vez, envueltos en una extraña nebulosa) y se mudara a la calle 84. En concreto, a la 84 con Lexington Avenue, encrucijada en la que se encuentra la evocadora cocina del huraño Perkus Tooth, el tipo que se enamoró de la camarera de su hamburguesería favorita (la Jackson Hole) y nunca se atrevió a invitarla a una copa. Hamburguesería, por cierto, que acabó devorada por un tigre mecánico gigante. O algo por el estilo.

“No me invento nada. Las águilas, el olor a la chocolate en el ambiente y la supuesta ballena que vivía en el río del East Up están extraídos de noticias reales de la época en la que escribía el libro. Todas salieron en el New York Times. A menudo la realidad es más extraña de lo que nos planteamos”, asegura el escritor. Pero, ¿qué es lo que pasa en Chronic City? Chronic City es la historia de un puñado de amigos perdidos en la (brumosa e incierta) Gran Manzana. La cosa arranca una mañana, en las oficinas centrales de Criteron Collection, en la calle Cincuenta y dos con la Tercera Avenida. Chase ha ido a grabar voces en off para la reedición en DVD de La ciudad es un laberinto, un película de los años cincuenta. Chase debe leer declaraciones del fallecido director de la cinta extraída de entrevistas y artículos, para el documental que aparecerá como extra de la jugosa reedición. Chase está acostumbrado a hacer ese tipo de cosas. Hubo una época en la que fue un actor de moda (un actor adolescente de moda). Era Warren Zoom, aprendiz del fulminante abogado de éxito Gordon Pesty, en Martyr & Pesty, serie que aún reponen a todas horas en un canal por cable, lo que provoca que aún le reconozcan por la calle. El caso es que Chase acude a las oficinas de Criterion y allí se topa con Perkus Tooth, una leyenda del arte callejero (en periodos de locura transitoria pinta carteles totalmente marcianos que luego cuelga de las calles de su ciudad fantasmagórica) que vive obsesionado con Marlon Brando (y que es incapaz de aceptar que ha muerto), constantemente colocado (fuma hierba llamada Tigre Gigante, Niebla Gris, Dos Águilas) y rodeado, sin saber cómo, de personajes como Chase Insteadman. Digamos que Perkus es una especie de imán para todo aquel que anda perdido en la Gran Ciudad. Así es como el ex actor adolescente conoce a Richard Abneg, un tipo que cree que las águilas le persiguen allá donde va, y a su prometida Georgina, y a la enigmática Oona Laszlo, la escritora fantasma, enamorada de Chase porque Chase lo está de una astronauta que jamás regresará a la Tierra.

“Oona es, en cierto sentido, el único personaje real de la historia. De hecho, existía un párrafo extra en la historia en el que Oona confesaba ser la autora de Chronic City, pero decidí eliminarlo porque creí que los lectores podían sentirse traicionados”, confiesa Lethem. Pero no sólo Oona es real, pues buena parte de la novela está basado en recuerdos del propio Lethem. Recuerdos que el escritor tiene en la la Ochenta y cuatro con Lexington. “Es un lugar muy especial. Todo lo que pasa en la novela me ha pasado en algún momento de los últimos veinte años: los amigos, las drogas, la música, las hamburguesas. Sinceramente, amo esa calle por razones personales, y una parte del impulso para escribir esta novela me lo dio el hecho de que quería grabar todo lo que allí me había pasado para no perderlo. Eso sí, convirtiéndolo en ficción”, admite el escritor. Más cosas de verdad en la historia:Perkus Tooth.

“Perkus es el último coleccionista, encargado de mantener a salvo las culturas secretas, los significados secretos, las secretas ocurrencias. Está basado en dos amigos: el compositor Paul Nelson y Tom Adelman, más conocido como Camden Joy, un artista callejero que solía colocar carteles y pósters en el centro de Manhattan. Ninguno de ellos se reconocería en Perkus, pero forman parte de él. Perkus es una suerte de súper crítico cultural: todo le parece demasiado salado o demasiado dulce. Está intentando descubrir qué hay detrás de la realidad, una tarea monstruosa pero necesaria. Tiene la sensación de no ser más que un cuerpo atrapado en el tiempo, en un apartamento, sediento y hambriento de todo lo ordinario, y a la vez ser el tipo que quiere sacarse de ahí como sea”, explica Lethem, que comparte la obsesión de Perkus con Marlon Brando. “Brando fue uno de nuestros últimos héroes. Pero no por su arte, ni por ningún asunto que tenga que ver con la moral o la inteligencia (pues no tenía ni de la una ni de la otra), sino por la incontrolable, autodestructiva y maravillosa pasión con la que se entregaba a cada uno de los papeles que debía interpretar. Desde que descubrí que interpretar un papel es básicamente lo que hacemos todos cada día, Brando se ha convertido en un emblema de las posibilidades de resistencia que existen y que, a menudo, no vemos”, considera el escritor.

Mientras sus alumnos leen a Cortázar, Lethem vuelve a leer a Philip K. Dick. “Es lo que hacía en la época en la que escribí esta novela. Releí Ubik, Aguardando el año pasado y El Doctor Moneda Sangrienta. Y me ayudaron muchísimo. Por supuesto también hay que tener en cuenta que estábamos en 2004 y el hecho de que hubiéramos reelegido a George Bush también me influyó muchísimo. Me deprimía pensar que toda esa gente que lo había votado quería seguir viviendo en una realidad paralela y terrorífica, en la que estábamos absueltos de formar parte y ser cómplics de horribles crímenes de guerra”, dice. De ahí la versión sin guerra de Otro Mundo Más, el mundo pixelado que amenaza con tragarse al real en la novela (aunque no de forma combatiente, pues apenas está empezando a considerarse una oportunidad de negocio). ¿Inspirado en Second Life? “Sí, aunque yo nunca había entrado en Second Life entonces”, contesta Lethem.

Pero lo hizo después. ¿Y qué ocurrió? “Fue bastante relajante y hasta agradable, por lo que llegué a la conclusión de que me había mantenido al margen hasta entonces porque una vez dentro era muy capaz de desaparecer para siempre. De ser engullido por todo lo que ese otro mundo te ofrece. Aunque al instante siguiente pensé que eso no ocurriría nunca, porque me pareció tremendamente aburrido”, dice. Hablando de sitios a los que sólo puedes acceder a través de un ordenador, en la novela se describe una delirante puja en Ebay (en una escena que es comedia en estado puro, y sin duda, el momento más divertido y absurdo de la historia). A la salida de la consulta de un homeópata, Perkus se enamora de un caldero (ni siquiera es uno real, es una fotografía) y, de vuelta en su acogedora cocina, empiez a pujar por uno de ellos en Ebay. Y lo pierde. Y lo que empieza en ochenta dólares acaba en cientos de miles, porque, de repente, los calderos, se vuelven objeto del deseo de buena parte de la Humanidad. Pero la pregunta es, ¿ha pujado por algo semejante Jonathan Lehtem? “Lo más valioso que he comprado en Ebay fue una entrada para ver un playoff de los New York Mets. Pero debí comprar la entrada equivocada, porque los Mets perdieron. La próxima vez intentaré comprar una que me dé acceso a la versión del juego en la que los Mets ganan”. Así de sencillo.

“Si de algo trata Chronic City es del falso mundo en el que vivimos”, insiste Lethem, convencido de que, a estas alturas, las dos ciudades que conviven en Nueva York “se han colonizado la una a la otra y nos han absorbido a todos nosotros, convirtiéndonos en un todo indivisible y confuso”, añade el escritor. En sus calles, tipos como Richard Abneg (“sí, puede que él y Georgina representen un estereotipo de las personas que viven en ese Manhattan irreal”, admite el escritor) tropiezan con actores que pretenden leer la retorcida obra magna de escritores que son David Foster Wallace pero se esconden tras el nombre en clave de Ralph Warden Meeker y acaban tirándola al río (obra que, por cierto, se llama La bruma indistinta por no llamarse La broma infinita). “Sí, va por él. Pero también va por Michael Brodkey (y su Detour) y por el Dhalgren de Samuel Delany”, confiesa Lethem, que no acaba de sentirse muy a gusto con la literatura a ratos repelente y, en opinión de Chase Insteadman, extremadamente pedante, de los tres escritores que se esconden tras Warden Meeker.

Y luego están las drogas, que intensifican la sensación de confusión e irrealidad de la novela. “Las uso como elemento desestabilizador, gracias a las drogas los personajes son capaces de ver más allá, de intuir los mecanismos del mundo que les rodea. En cierto sentido, las drogas son como la realidad virtual, las teorías de la conspiración o la búsqueda de calderos: una manera de escapar, de tratar de descubrir que hay bajo la superficie de todo esto. Pero no funcionan. Porque a la mañana siguiente igualmente te levantarás deseando una hamburguesa y preguntándote en qué demonios estabas pensando anoche”, dice el escritor que también es profesor y fan de Supermán. Hablando de Supermán, ¿es Chase Insteadman lector de cómics? No siente una atracción especial por ellos. Pero no la siente por nada. A menos que tenga que ver con Perkus Tooth. El malogrado artista callejero (que en algún momento se dedicará a pasear perros de tres patas) es algo así como un gurú para todos los que le rodean. Si lee a Kurt Vonnegut, a Chase de repente le apetece echar un vistazo a cualquiera de sus libros y, si no ha podido con el citado Warden Meeker (en realidad, Foster Wallace), Chase se muere por intentarlo. Y está la teoría Pequeñeco. En perfecta sintonía con el espíritu de la novela (la existencia de dos ciudades que se superponen y se confunden), los personajes mantienen periódicamente un debate sobre sobre las películas protagonizadas por pequeñecos (marionetas peludas a las que les falta la mitad del cuerpo), llegando a la conclusión de que el mundo en el que viven tiene mucho que ver con esos monstruitos de colores chillones: se muestra sólo en apariencia y esconde un engranaje que no tiene nada de fantástico.

Fantástico es, por ejemplo, que tu novia sea astronauta. Pero no lo es que esté atrapada en el espacio y que jamás vaya a regresar. Y tampoco que te escriba cartas que todo el mundo puede leer y que no recuerdes en qué momento empezaste a salir con ella. Porque, ¿de veras Chase Insteadman y Janice Trumbull, la astronauta mediática, fueron novios alguna vez? Si es así, ¿por qué Chase es incapaz de recordar cuándo fue la última vez que cenaron juntos? Atrapado en la Perkusfera (el absorbente mundo de Perkus), Chase tratará de descubrir por qué sigue siendo rico si hace un millón de años que dejó de trabajar. También acudirá a una cena de autoridades, invitado por el mismísimo alcalde de la ciudad de dos cabezas, Jules Arnheim, y se topará allí con el creador de Otro Mundo Más, y con un extraordinario caldero virtual (sí, holográfico) que reavivará la discusión sobre el más que posible universo paralelo y ficticio en el que pueden estar viviendo, en el que podemos estar viviendo todos. Un universo en el que predominan los apellidos absurdos (como Insteadman, algo así como Hombre a pesar de todo: “Me gustan ese tipo de apellidos, de hecho, los apellidos normales y corrientes me parecen incluso más absurdos que los que invento”, dice Lethem), las hamburguesas y, por qué no, los tigres mecánicos (gigantes).

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Mi charla con Lethem fue electrónica pero fue real. Lo que acabáis de leer se publicó hace un año en Qué Leer. Espero que os haya gustado. Sí, creo que he vuelto. Siento la ausencia. Demasiados libros. Demasiados.