martes, 25 de octubre de 2011

Idilio del Hombre Flaco y la Mujer Gorda


En El hurgón mágico, del maléfico Robert Coover (oh, adoro a Robert Coover y sobre todo adoro sus decididamente necesarias y casi obscenas cursivas), hay tipos que mueren atropellados por camioneros que dicen ser buenos tipos y no merecerse atropellar a tipos como el atropellado, un hombre llamado Paul que tiene que escuchar discutir a un policía estúpido, una vieja pervertida y al millón de curiosos que se agolpan a su alrededor y simpatizan con el verdugo, en el kafkiano 'Un accidente pedestre' (antes de que todos se vayan, es demasiado tarde, anochece, nadie quiere pasar la noche discutiendo junto a un casi cadáver que está a punto de ser devorado por perros callejeros); hay Tipos Flacos y Mujeres Gordas que no se limitan a ser Tipos Flacos y Mujeres Gordas sino atracciones de circo, pero atracciones de circo enamoradas que, de repente y a causa del siempre entrometido amor (cursivas, cursivas), quieren adelgazar (Ella) y ponerse cachas (Él) y todo el mundo les odia porque el circo se convierte en el hazmerreír de los circos (¿Un circo en el que la Mujer Gordo es delgada y el Hombre Flaco está cachas? ¿Bromeas?); dos hermanas que llegan a una isla, una brumosa isla en la que espera un caballero estúpido y un hurgón mágico que a veces es un príncipe encantado y a veces un hurgón sucio y maloliente (no es un cuento de hadas posmoderno es un cuento de hadas siniestro y retorcido y pretendidamente macabro) y canguros a las que les encanta darse un baño mientras los padres de los pequeños monstruos que cuidan están fuera (en una horrible fiesta en la que hay tipos que insertan mujeres en diabólicas fajas) y que acaban descuartizadas (oh, no, en realidad acaban de todas las formas posibles porque en una historia de Robert Coover nada es nunca lo que parece).

Es fascinante la manera en que el Maestro Coover hace que sus cuentos avancen en todas direcciones (y en todas a la vez), subidos a una especie de carrusel maldito en el que, como ocurre en el enigmático cuento 'Peculiaridades de los ojos', de Philip K. Dick, se hacen pedazos (como se hacen pedazos en ese cuento los seres humanos, con ojos que ruedan por la mesa y manos que se dan y cabezas que se pierden) y salen disparados (esos pedazos) en todas direcciones. Leer a Robert Coover es como asistir a un banquete de gigantes devorahumanos del que es imposible escapar sin el pecho cubierto de sangre, sangre brillante y decididamente inteligente, tan inteligente y brutal como su agudo (y mortífero) sentido del humor, de la la ironía, de la sátira, en definitiva, caníbal. Después de todo, en palabras del propio Coover, "¿qué es la vida sino una caravana de falsificaciones verosímiles?".

martes, 4 de octubre de 2011

¿Bisontes? ¡JA!


¿Bisontes? ¡JA! es un cuento (pretendidamente delirante) basado en otro cuento (algo más pretendidamente siniestro que delirante). El otro cuento es El flautista de Hamelín. Un cuento que escuché por primera vez en una cinta de cassette. Mis padres no solían contarme cuentos, pero me compraban cintas que me los contaban por ellos. Dorados ochenta. El caso es que lo único que recuerdo es que la cinta era de color azul y que el cuento me daba miedo. No sé. Tal vez tenía cinco años. Seis. Y no podía entender qué demonios hacía un flautista en un pueblo tocando para las ratas (tocando para ahogar a las ratas) y luego tocando para los niños (tocando para llevarse a los niños). Era un personaje casi fantasmal. Venía de la Nada Más Absoluta. No tenía nombre. Yo le he dado uno (le he puesto Auliffe). Y lo he convertido en alguien que sólo quiere ser Alguien, con mayúsculas, pero al que su agente (la clase de sucio agente que podía existir en un siglo XIII demasiado parecido al XXI) sólo le consigue trabajos estúpidos. Como el de distraer al maloliente pueblo de Hamelín de la invasión de mascotas que ha provocado la apertura de la tienda de Leland (EL MUTANTE) Ganter. La tienda se llama "Criaturas Extrañas" en homenaje al "Needful Things" de Stephen King. De hecho, el nombre del dueño de "La tienda", de King, era también Leland. Pero lo que vende el Leland de ¿Bisontes? ¡JA! no son cromos de béisbol. Lo que vende Leland (EL MUTANTE) Ganter son ratas. Pero Leland no es Auliffe Scrubbs, verdadero protagonista de la historia. Pero, ¿quién es Auliffe Scrubbs?

"-¿Han oído hablar de Auliffe Scrubbs? – preguntó el alto y desgarbado Vad.
-No – dijeron al unísono alcalde y capitán.
-¿No?
Capitán y alcalde negaron con la cabeza.
-¡Es el flautista más famoso a este lado del Río Weser! – bramó Vadim.
El alcalde se tocó su frondoso bigote, pensativo. El capitán acarició su rifle incapaz de pensar en otra cosa que no fuera un bisonte.
-¿Qué es exactamente un flautista, Vad? – preguntó el alcalde."

¿Bisontes? ¡JA! forma parte de una colección digital (impulsada por Sigueleyendo) que ha acabado llamándose Bichos. Ya está a la venta (aquí). A un euro. 35 (trepidantes) páginas a un euro. Más barato imposible.

Espero que os guste.

P.D. He estado leyendo mucho últimamente. He leído el primer libro de Philip K. Dick (Lotería solar); he leído el 2666 de Bolaño (y Pista de hielo y Putas asesinas y Los sinsabores del verdadero policía); he leído París no se acaba nunca (de Vila-Matas, y Doctor Pasavento); he leído Fiesta, de Hemingway (y París era una fiesta, demonios, estuve en París este verano, no tenía otro remedio); traté de leer La vida instrucciones de uso, de Perec, pero lo abandoné (porque no me gustan las piezas sueltas de los puzzles, me gustan los puzzles); he leído El mapa y el territorio, de Houllebecq (rotunda obra maestra); he leído El demonio, de Hubert Selby Jr y he leído Risas enlatadas, de Javier Calvo. Estoy en mitad de Las partículas elementales y a punto de sumergirme en Libertad, de Franzen. Demonios. No puedo dejar de leer.

P.D.2. También he escrito bastante. He acabado el primer (y extralargo) capítulo de mi cuarta ('popcorn') novela: Connerland.