miércoles, 16 de marzo de 2011

(Leer a) Mann es divertido

Thomas Mann concibió La montaña mágica como una parodia (un "drama satírico") de La muerte en Venecia. Su atmósfera debía ser "la mezcla de muerte y diversión" que Mann había conocido en el sanatorio en el que había estado internada su mujer y al que él, como Hans en la novela, acudió de visita y estuvo a punto de quedarse (lo invitó el director pero Mann declinó la oferta, probablemente tenía cosas mejores que hacer que tomar el sol y comer hasta desfallecer, que es lo que hacen los protagonistas de la novela y lo que Mann dedujo, por el poco tiempo que pasó allí, que hacían los internos). La idea era pues que «la fascinación por la muerte y el triunfo del embriagador desorden sobre una vida dedicada al orden, descrito en La muerte en Venecia, debía plasmarse en clave humorística». Y así fue. Pero me pregunto por qué nunca se habla de ello. Por qué cuando se habla de La montaña mágica sólo se habla de Filosofía, así, con mayúsculas, y de la Decadencia de la Sociedad de la Época (así, también, en mayúsculas), y, por supuesto, de la Muerte (y su afilada guadaña, buena amiga en este caso de los pañuelos manchados de sangre) y del Arte y del Tiempo (el tiempo que se estira como chicle mojado y dota a la novela de una atmósfera casi lynchiana, en realidad, muy kafkiana, de confusión, desorientación y sueño: en este punto he de añadir algo que siempre he pensado sobre Kafka: igual que en las novelas de Phil K. Dick sus personajes no dejan de tomar café, en las de nuestro querido oficinista, los K. se duermen en el punto culminante de la acción, agotados por el esfuerzo que les ha supuesto, en un acto de empatía con su Autor, que escribía de noche y debía asaltarle el sueño durante el día, probablemente también en el momento menos indicado). En cualquier caso, estábamos hablando de Mann. El tipo que amaba a Knut Hamsun (siempre lo admiraré por haber dicho aquello de: "Nunca el Premio Nobel se ha dado a alguien que lo merezca tanto como Knut Hamsun") y al que seguramente le gustaron más los chicos que las chicas, fue por encima de todo un escritor que supo reírse de sí mismo. Su risa está en cada página de La montaña mágica, en sus descripciones del millón de personajes que pueblan el sanatorio (a cada cual más estrafalario y más, sí, divertido), en las comidas (el desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena, parecen las únicas actividades de los internos, esas y el crujir de muelles por las noches, algo que el bueno de Castorp, un tipo sin dos dedos de frente aficionado a cigarros que se llaman María Mancini), auténticos epicentros de la acción, a las que los internos se entregan como si no hubiera mañana, devorando cada pedazo de carne que se les pone delante como si fuera lo más sabroso que probarán jamás, e ignorando la pequeñez y estupidez de la camarera enana que se las sirve, en una especie de parada de monstruos con aspecto de paraíso, más bien, de limbo para moribundos que viven (más y) mejor que los vivos.