miércoles, 23 de febrero de 2011

Douglas Adams también amaba a Robert Sheckley

Robert Sheckley tuvo al menos un fan ilustre: Douglas Adams. Y otro: Kingsley Amis. Y, oh, vamos, por qué no, uno más: JG Ballard. También tuvo cinco mujeres (no es extraño pues que, en sus cuentos, haya más chicas muertas que cafeteras estropeadas), un hijo, dos hijas (entre ellas, Alisa Kwitney, editora de Vertigo Comics primero y escritora de novelas de títulos tan sugerentes como 'Hasta que la Gorda Cante' después) y una casa en Ibiza. También tuvo una infancia feliz, una adolescencia complicada y un fusil que empuñar durante la guerra de Corea. Y, por supuesto, tuvo una máquina de escribir. Y escribió un montón de historias. Historias sobre tipos aislados en planetas feos y aburridos que encargan novias por correo (y reciben el paquete de un sultán), y sobre dinosaurios que acaban convertidos en oficinistas bonachones adictos al café. Eso es lo que ocurre en 'Dimensión de milagros', la novela que, al parecer, inspiró 'Guía del autoestopista galáctico', de Douglas Adams, aunque Douglas Adams afirmó no haber leído a Sheckley hasta después de haberla escrito. En cualquier caso, siempre es fascinante descubrir que los escritores que adoras se adoraron en algún momento. Es como llegar la última a una fiesta y descubrir que hay una silla lista para ti en la mesa de los únicos tipos con los que te imaginabas compartiéndola. Te estaban esperando.

lunes, 14 de febrero de 2011

Mundo Maravilloso

Conocí a Valentina Parini una tarde de sábado. Seguramente era una tarde lluviosa. Yo estaba en el sofá, compartiendo un tazón de leche con galletas con la por entonces última y voluminosa nueva novela de Javier Calvo (sí, 'Mundo Maravilloso'). Tenía que escribir un artículo para el periódico. El caso es que al toparme con ella, sonreí maliciosa a mi estantería atestada de novelas (en viejas ediciones de bolsillo rojas) de Stephen King. ¿Y por qué? Oh, muy sencillo. Porque Valentina Parini iba a clase con un cuchillo en la mochila (yo solía esconderlo bajo la almohada) y se consideraba a sí misma la Principal Experta Europea en la Obra de Stephen King (yo nunca pensaba en Europa, Europa era como un monstruo sin dientes que vestía de domingo todos los días de la semana, pero sí pensaba en mi barrio, en mi ciudad, y me consideraba La Única Lectora de Stephen King de Mi Colegio, pues en mi colegio, los niños jugaban a beisbol y las niñas, oh, las niñas, las niñas sólo se aburrían). Bien, así que sonreí de forma maliciosa y me dije: 'Buena chica, Valentina'. Luego seguí leyendo. Y leí lo siguiente:

-No es mi padre - Valentina Parini mira a la entrenadora con el ceño fruncido detrás de sus gafas infantiles de pasta verde -. Y no quiero salir. Soy la peor jugadora del equipo. Soy la peor jugadora de
cualquier equipo. Cada vez que salgo todo el mundo se ríe de mí. Adelfi puede jugar mejor que yo aunque le corten la pierna - Se encoge de hombros - ¿Por qué no me expulsa del equipo?

Me detuve. Acababa de recordar algo. Algo que había enterrado en algún lugar de mi mente de escritora chiflada, en ese archivo gigantesco (repleto de pequeños duendes que van de un lado a otro tomando notas y cambiando papeles de sitio, como dijo en uno de sus adictivos prólogos el Maestro King). Que yo también había sido La Peor Jugadora de un equipo. Sólo que lo mío no era el baloncesto. Era el voleibol. Yo era la chica del banquillo. Una especie de mascota. A la que la entrenadora sólo señalaba cuando había que salir a por agua. Recuerdo con especial cariño un campeonato de Cataluña (oh, sí, las otras chicas de mi equipo eran buenas, quizá hasta demasiado buenas) en el que lo más destacado que hice fue pasar media hora buscando un colmado en un pueblo perdido de Vic (en busca de una garrafa de agua) mientras mi equipo disputaba la final de infantiles contra un colegio de chicas con uniforme (nosotras no teníamos uniforme, apenas una camiseta blanca con números rojos).

Fue maravilloso.

Cuando regresé apenas nos quedaban dos puntos para derrotarlas.

Y sí, las derrotamos. Y conseguí una medalla. Fue maravilloso. Conseguí una medalla por un paseo por el campo. Recorrí una carretera envuelta de maleza, camino del pueblo, y luego la recorrí de vuelta, camino del polideportivo, mirándome las rodilleras de vez en cuando y diciéndome qué tampoco estaba tan mal ser la peor jugadora del equipo.

Sólo que entonces no pensaba que era la peor jugadora del equipo. No me gustaba demasiado el equipo. Porque no me gustaba demasiado el voleibol. El voleibol sólo era algo que hacía para no sentirme tan diferente a todo el mundo. Para no ser un bicho raro. Como Valentina.

El caso es que dos días después de toparme con Valentina, tuve que escribir el artículo. Un artículo sobre 'Mundo Maravilloso'. Para hacerlo, tuve un pequeño y accidentado encuentro con Javier Calvo en las dependencias de Random House Mondadori. Recuerdo que llegué emocionada y quise saber si era tan fan de Stephen King como parecía y él me dijo:
-No.
Y no recuerdo qué más, pero me dijo que no. Que no había leído ninguno de sus libros. Y no me lo creí. Pero continué haciendo preguntas. Fueron preguntas estúpidas porque aquello me descolocó. Me dijo que no y fue como si (BLAM) me cerrara la puerta en las narices.

Escribí el artículo. Pasaron los años. Publiqué 'Bienvenidos a Welcome'. Pasaron más años. Escribí un cuento de marcianos que publicó 'Quimera'. Pasó un mes. Me enviaron a Berlín a entrevistar a una escritora y me las ingenié para tomar un par de cervezas con Carmen Burguess, la chica que había ilustrado mi cuento (¿Por qué, por todos los dioses galácticos, tenía que ser ELLA?') para 'Quimera'. Y estuvimos hablando de Valentina Parini. Carmen era muy fan de Valentina y muy fan de Calvo. Me dijo que iba a ilustrar sus dos próximos libros ('Corona de flores' y 'Suomelinna') y también me dijo que Calvo había leído mi cuento y que le había encantado. Le regalé a Carmen un ejemplar de 'Bienvenidos a Welcome' y me dije que si alguna vez volvía a ver a Javier, le regalaría uno a él también.

Y así fue. El resto de la historia la resume muy bien el artículo que hoy ha publicado Javier en www.sigueleyendo.es. Nos hemos visto en un par de ocasiones más (recuerdo una fiesta, en una terraza-galería cercana a Urquinaona, en la que me salvó de un tipo que decía haberme visto desnuda en otra fiesta, algo que, por supuesto, no era cierto, pues no acostumbro a salir demasiado) y apenas hemos hablado. Por eso hoy, al leerle, he tenido la sensación de que todo (incluido aquel paseo en busca de un colmado y todas las veces en que me he preguntado si alguna vez encontraría mi sitio) ha merecido la pena. Que alguien a quien admiras diga tantas cosas (buenas) de ti es alucinante.

Alucinante, en serio.

Sin más.