martes, 21 de junio de 2011

"Estamos rodeados de posibles heroísmos"

Ya he hablado antes sobre mi pasión por los dinosaurios. De la que no había hablado aún es de la novela que fundó el género (sí, existe un género dinosaurio). Es esa de ahí arriba. Se titula El mundo perdido y la escribió nada menos que sir Arthur Conan Doyle. De una manera más bien torpe, avanzando a tientas por un mundo (La Tierra de Maple White) apenas esbozado, en el que los enjambres de mosquitos gigantes y las cuerdas que nunca llegan (existe una meseta inaccesible, en la que habitan los dinosaurios, y que misteriosamente está separada del mundo real de manera que cuando das el salto es imposible regresar) resultan tan espectaculares (para el narrador) como el avistamiento de un Iguanodonte (más tarde utilizado como animal de carga, una versión del caballo muchísimo más monstruosa y decididamente más dócil). El narrador de la historia es (oh, sorpresa) un periodista. Se llama Malone y está obsesionado con una tal Gladys. Gladys quiere casarse pero sólo se casará con un hombre que sea un hombre, esto es, que haya vivido aventuras, que haya arriesgado su vida para salvar a otros, etc. Sí, las mujeres de antes, sus cosas. El caso es que el tal Malone se presenta en la redacción de la Gaceta, el periódico para el que trabaja, y le pide a su jefe (un jefe a la vez comprensivo y tipo duro) que le dé un trabajo arriesgado. Y el jefe primero se ríe y luego le pregunta si ha oído hablar del profesor Challenger.

Oh, el profesor Challenger.

Un tipo vanidoso, con demasiado pelo, que tiene una silla que cuelga del techo en su despacho a la que sube a su mujer de vez en cuando. Cuando su mujer pretende que no mate a alguien y cosas por el estilo. Un tipo realmente violento, que dice haber estado en una tierra (que después será bautizada como La Tierra de Maple White, en honor al primer aventurero que se adentró en ella y cuyo cadáver fue encontrado junto a una libreta de dibujos en la que además de estupideces del estilo curas con la sotana ligeramente levantada aparecía un estegosaurus) prehistórica. Un tipo que lo primero que se le ocurre cuando ve un pájaro saurio es apuntarle con su rifle y cargárselo. Un gran zoólogo, sí señor, sin escrúpulos.

El caso es que el tal Malone no ha oído hablar de Challenger, pero el asunto le parece interesante, así que se va a verlo.

Y la escena de su encuentro es sencillamente delirante. Incluye una pelea al estilo Tom y Jerry, golpes en el pecho a lo King Kong, y misteriosas revelaciones a lo Richard Attenborough en Jurassic Park. El caso es que después de que el profesor Challenger (que se parece, como descubrirá el lector tarde o temprano, demasiado sospechosamente al "eslabón perdido", oh, sí, el Eslabón Perdido hace un cameo bastante gore en la historia) esté a punto de ser arrestado por casi matar a Malone (lo único que Malone hace es poner en duda que Challenger haya visto y matado a un pájaro saurio), éste decide invitarle a una conferencia en la que piensa poner en ridículo a un tal Summerlee (otro científico al que odia) demostrándole que aún existe vida sauria en el planeta.

La conferencia resulta igualmente delirante. Como la expedición en sí. Sir Arthur intenta poner a prueba a sus personajes (todo el tiempo) y los estira tanto (todo el tiempo) que está a punto de romperlos (todo el tiempo). La historia avanza sin traspiés, a paso de tortuga marina. No tenía Doyle el don de la intriga sauria pero se le reconoce su valentía al esbozar un género que no ha tenido muchos adeptos (algún Aldiss, una desconocida Anne McCaffrey, el gran Michael Crichton, capaz de triturar la inconcebible y poco atractiva meseta de Doyle y las previsibles aventuras de los chicos Challenger y convertirlas en un parque de atracciones que devora a sus clientes). El mundo perdido fue publicada originalmente en 1912, menos de un siglo después de que se descubriera el primer esqueleto de dinosaurio (precisamente un iguanodonte, el primer saurio que avistan en la meseta: 1822), y, aunque menor (tanto por lo que se refiere a la obra de Doyle como por lo que se refiere a la historia del género y de la literatura, no ya universal, sino de aventuras, porque básicamente es una novela de aventuras con monstruos), es imprescindible para cualquiera que, como yo, visite compulsivamente todos los Museos de Historia Natural que encuentra por el camino (el último, el de Lisboa: francamente recomendable).

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