lunes, 4 de abril de 2011

Rick Deckard, su oveja eléctrica y el avestruz que nunca tendrá


Hasta el momento he leído las siguientes obras de Philip K. Dick:

Los clanes de la luna alfana.
Ubik.
Laberinto de muerte.
Fluyan mis lágrimas, dijo el policía.
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
Podemos construirle.

Y debo confesar que, aunque disfruté muchísimo con Ubik (y las farmacias que envejecen y los cadáveres que vuelven a ratos a la vida para dirigir empresas sin futuro) y, por supuesto, con la carrera hacia la propia identidad de Fluyan mis lágrimas, dijo el policía (John Taverner, el presentador más famoso de la Tierra, desaparecido), la que más me ha impactado (y no hablemos del título que más me ha impactado, que, por supuesto, es esa joya llamada Podemos construirle, o qué haría Abraham Lincoln si volviera a la vida y alguien lo colocara en un escaparte, como el muñeco en el que se ha convertido) es ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la historia de Rick Deckard, el policía que no emigró a Marte cuando pudo (y cuando debería haberlo hecho, a juzgar por todos esos carteles que cuelgan de las puertas de las tiendas de mascotas: '¡Emigra o degenera!'), y se quedó, en cambio, soñando con comprarse un avestruz, hojeando su catálogo Sidney (el catálogo de precios de animales, que cualquier ser humano que presuma de serlo, guarda con celo en el primer cajón de su mesita de noche) y tratando de matar andrillos. Lo que Ridley Scott llamó replicantes. Los Nexus-6, un tipo de androide tan perfecto que para poder diferenciarlo de un ser humano debe sometérsele a un test (el Voigt-Kampff) que consiste en descubrir qué haría un androide con una cartera hecha de piel de bebé (y cosas por el estilo). ¿Y por qué es precisamente esta, de entre todas las novelas que he leído de Phil K. Dick, mi favorita? Muy sencillo. Porque tiene una fuerza sobrenatural. El odio que siente Deckard por su oveja eléctrica es proporcional al amor que siente por cualquier ser vivo (que no sea humano). Por cualquier inocente y no radioactivo animal indefenso, símbolo de estatus en la sociedad que se ha quedado en el viejo planeta azul, pero mucho más que eso: representación de la vida, la vida en estado puro, sin los cables del androide y sin los irrefrenables deseos de posesión del no androide. Así que Deckard desea un avestruz. Vivo. No eléctrico. Para sentir su corazón palpitar, para tener que alimentarle, para verle envejecer, en el tejado de su edificio, el mismo lugar en el que su vecino Babour presume de su yegua Jenny. Sí, lo sé, estoy hablando de Blade Runner, así que, ¿qué hay de los replicantes? No pienso hablar de ellos. Los replicantes, en la novela, representan El Mal, la Ausencia Total de Empatía, el Enemigo Final de Todo Escritor (pues si de algo vive el escritor, es de la empatía, no existen escritores sin empatía porque su vida, aquello que les da sentido, consiste en ponerse en la piel de otros, y creo que esa es precisamente la causa de que esta sea la novela de K. Dick que más me ha impactado, porque está hablando directamente del escritor). ¿Y qué son los replicantes en la película de Scott (por otro lado, una Obra Maestra Indiscutible pero totalmente alejada del Espíritu de la Novela de Dick)? En la película son víctimas. En la película son los únicos que aprecian la vida porque van a perderla. Porque, oh, sí, lo saben, la vida, para ellos, es puro artificio. Blade Runner basa su fuerza (toda su increíble y retrofuturista fuerza de platito de noddles en oscuros callejones) en la idea de que la vida es corta, de que "todos esos momentos se irán, como lágrimas en la lluvia", y los malditos seres humanos no se dan cuenta de eso, se dedican a despellejar replicantes que, como las rosas, son bellos porque mueren antes. Pero, ¿qué hacen los replicantes, los andrillos, en el mundo de Dick? Arrancar patas de araña a arañas vivas. En el mundo de Dick, la Tierra ha pasado por una Guerra Mundial Terminal que ha acabado con casi todos los seres vivos (empezó con el búhos, en el mundo de Dick, el animal más caro que existe, porque apenas quedan dos o tres, o puede que media docena de ellos en todo el planeta), obligando a los humanos a mudarse a Marte y a construir robots (andrillos) para que se ocupen de las tareas domésticas (como en Podemos construirle se construyen para que sean los vecinos perfectos en la triste y oscura colonia marciana en la que nadie quiere instalarse). Estos son los Nexus-6. Androides que disfrutan acabando con la vida porque ellos no la necesitan. Podrían vivir para siempre si quisieran. Sí, en la novela, en el mundo de Dick, la víctima es el ser humano, el ser que siente, el ser que no es un montón de cables, que, como ser vivo defiende la vida no ficticia porque la vida no ficticia está en extinción. Oh, y no hablemos de John Isidore, el tipo que conduce la ambulancia hacia el hospital veterinario, de la escena incial en la que cree estar perdiendo a un gato ahí detrás, mientras conduce a toda prisa, creyendo que debe salvarlo, porque es un gato, un gato de verdad.
Un superviviente.

4 comentarios:

  1. Es la novela del kippel, la degeneración y la entropía y eso, por supuesto, no afecta a los androides. Dick plasma muy bien, en la manera en que lo hace, sin grandes pretensiones ni grandilocuencia, la desesperación ante la muerte y las falacias de la esperanza. Es una novela humana y desde ese punto de vista la respuesta al título sería, ¿a quién le importa?
    un saludo

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  2. Yo no podría haberlo dicho mejor. Totalmente de acuerdo. "Plasma muy bien la desesperación ante la muerte y las falacias de la esperanza". Y la necesidad de 'sentir' que estás vivo.

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  3. Hola: yo he leído hace poco "Una mirada a la oscuridad" y es, de las que llevo leídas hasta ahora, la que más me ha gustado. Seguramente, la próxima (de Dick) que lea será "Tiempo de Marte".

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  4. Con tu permiso te enlazo.Es que me encanta la ciencia ficción y como escribes sobre ella.
    Un cordial saludo.

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