martes, 25 de octubre de 2011

Idilio del Hombre Flaco y la Mujer Gorda


En El hurgón mágico, del maléfico Robert Coover (oh, adoro a Robert Coover y sobre todo adoro sus decididamente necesarias y casi obscenas cursivas), hay tipos que mueren atropellados por camioneros que dicen ser buenos tipos y no merecerse atropellar a tipos como el atropellado, un hombre llamado Paul que tiene que escuchar discutir a un policía estúpido, una vieja pervertida y al millón de curiosos que se agolpan a su alrededor y simpatizan con el verdugo, en el kafkiano 'Un accidente pedestre' (antes de que todos se vayan, es demasiado tarde, anochece, nadie quiere pasar la noche discutiendo junto a un casi cadáver que está a punto de ser devorado por perros callejeros); hay Tipos Flacos y Mujeres Gordas que no se limitan a ser Tipos Flacos y Mujeres Gordas sino atracciones de circo, pero atracciones de circo enamoradas que, de repente y a causa del siempre entrometido amor (cursivas, cursivas), quieren adelgazar (Ella) y ponerse cachas (Él) y todo el mundo les odia porque el circo se convierte en el hazmerreír de los circos (¿Un circo en el que la Mujer Gordo es delgada y el Hombre Flaco está cachas? ¿Bromeas?); dos hermanas que llegan a una isla, una brumosa isla en la que espera un caballero estúpido y un hurgón mágico que a veces es un príncipe encantado y a veces un hurgón sucio y maloliente (no es un cuento de hadas posmoderno es un cuento de hadas siniestro y retorcido y pretendidamente macabro) y canguros a las que les encanta darse un baño mientras los padres de los pequeños monstruos que cuidan están fuera (en una horrible fiesta en la que hay tipos que insertan mujeres en diabólicas fajas) y que acaban descuartizadas (oh, no, en realidad acaban de todas las formas posibles porque en una historia de Robert Coover nada es nunca lo que parece).

Es fascinante la manera en que el Maestro Coover hace que sus cuentos avancen en todas direcciones (y en todas a la vez), subidos a una especie de carrusel maldito en el que, como ocurre en el enigmático cuento 'Peculiaridades de los ojos', de Philip K. Dick, se hacen pedazos (como se hacen pedazos en ese cuento los seres humanos, con ojos que ruedan por la mesa y manos que se dan y cabezas que se pierden) y salen disparados (esos pedazos) en todas direcciones. Leer a Robert Coover es como asistir a un banquete de gigantes devorahumanos del que es imposible escapar sin el pecho cubierto de sangre, sangre brillante y decididamente inteligente, tan inteligente y brutal como su agudo (y mortífero) sentido del humor, de la la ironía, de la sátira, en definitiva, caníbal. Después de todo, en palabras del propio Coover, "¿qué es la vida sino una caravana de falsificaciones verosímiles?".

martes, 4 de octubre de 2011

¿Bisontes? ¡JA!


¿Bisontes? ¡JA! es un cuento (pretendidamente delirante) basado en otro cuento (algo más pretendidamente siniestro que delirante). El otro cuento es El flautista de Hamelín. Un cuento que escuché por primera vez en una cinta de cassette. Mis padres no solían contarme cuentos, pero me compraban cintas que me los contaban por ellos. Dorados ochenta. El caso es que lo único que recuerdo es que la cinta era de color azul y que el cuento me daba miedo. No sé. Tal vez tenía cinco años. Seis. Y no podía entender qué demonios hacía un flautista en un pueblo tocando para las ratas (tocando para ahogar a las ratas) y luego tocando para los niños (tocando para llevarse a los niños). Era un personaje casi fantasmal. Venía de la Nada Más Absoluta. No tenía nombre. Yo le he dado uno (le he puesto Auliffe). Y lo he convertido en alguien que sólo quiere ser Alguien, con mayúsculas, pero al que su agente (la clase de sucio agente que podía existir en un siglo XIII demasiado parecido al XXI) sólo le consigue trabajos estúpidos. Como el de distraer al maloliente pueblo de Hamelín de la invasión de mascotas que ha provocado la apertura de la tienda de Leland (EL MUTANTE) Ganter. La tienda se llama "Criaturas Extrañas" en homenaje al "Needful Things" de Stephen King. De hecho, el nombre del dueño de "La tienda", de King, era también Leland. Pero lo que vende el Leland de ¿Bisontes? ¡JA! no son cromos de béisbol. Lo que vende Leland (EL MUTANTE) Ganter son ratas. Pero Leland no es Auliffe Scrubbs, verdadero protagonista de la historia. Pero, ¿quién es Auliffe Scrubbs?

"-¿Han oído hablar de Auliffe Scrubbs? – preguntó el alto y desgarbado Vad.
-No – dijeron al unísono alcalde y capitán.
-¿No?
Capitán y alcalde negaron con la cabeza.
-¡Es el flautista más famoso a este lado del Río Weser! – bramó Vadim.
El alcalde se tocó su frondoso bigote, pensativo. El capitán acarició su rifle incapaz de pensar en otra cosa que no fuera un bisonte.
-¿Qué es exactamente un flautista, Vad? – preguntó el alcalde."

¿Bisontes? ¡JA! forma parte de una colección digital (impulsada por Sigueleyendo) que ha acabado llamándose Bichos. Ya está a la venta (aquí). A un euro. 35 (trepidantes) páginas a un euro. Más barato imposible.

Espero que os guste.

P.D. He estado leyendo mucho últimamente. He leído el primer libro de Philip K. Dick (Lotería solar); he leído el 2666 de Bolaño (y Pista de hielo y Putas asesinas y Los sinsabores del verdadero policía); he leído París no se acaba nunca (de Vila-Matas, y Doctor Pasavento); he leído Fiesta, de Hemingway (y París era una fiesta, demonios, estuve en París este verano, no tenía otro remedio); traté de leer La vida instrucciones de uso, de Perec, pero lo abandoné (porque no me gustan las piezas sueltas de los puzzles, me gustan los puzzles); he leído El mapa y el territorio, de Houllebecq (rotunda obra maestra); he leído El demonio, de Hubert Selby Jr y he leído Risas enlatadas, de Javier Calvo. Estoy en mitad de Las partículas elementales y a punto de sumergirme en Libertad, de Franzen. Demonios. No puedo dejar de leer.

P.D.2. También he escrito bastante. He acabado el primer (y extralargo) capítulo de mi cuarta ('popcorn') novela: Connerland.

martes, 2 de agosto de 2011

"En directo, desde el aeropuerto de Bromma"


"Era una linda boda. Ella, pechugona y de largas piernas, vestía un traje de novia de última moda que apenas si ocultaba las zonas erógenas más conspicuas. El novio, un tipo alto, parecía un sacrílego cruce de James Bond y una versión en miniatura de King Kong. Tenía una brutal mandíbula protuberante y ojillas porcinos, y miraba con indolencia el gran tablero publicitario que había tras el sacerdote. Avanzaban en una nube de satén rosa y desodorante masculino, al compás de una sonora marcha nupcial y de los gritos entusiastas del público que llenaba el local y que ocupaba el pasillo tras ellos. Sobre sus cabezas, enormes letreros iluminados parpadeaban lanzando mensajes publicitarios, y el sordo rumor de los altavoces escupía música nupcial mezclada con los parpadeos de miles de bombillas y traidoras propuestas de ventas. La pareja nupcial se detuvo frente al sacerdote y las luces fueron amrtiguando su brillo gradualmente hasta dejarlos bajo un solo foco en medio de una oscuridad rumorosa y cálida.
-Antes de declarar a esta pareja marido y mujer - dijo el sacerdote - permítanme unas palabras sobre nuestro patrocinador. Una boda sin ropas de los almacenes NK no es una boda. Sólo las prendas de NK aseguran una vida de eterna felicidad conyugal".

El arranque de 'King Kong Blues', de Sam J. Lundwall, es, sencillamente, brutal. Publicada originalmente en 1977, el mismo año en que se publicó el 'Rumours', de Fleetwood Mac, y calificada por el tipo que se ocupó de la sinopsis de contraportada de OBRA DE LA DÉCADA (de la siguiente forma: "Cada década de este siglo ha producido una de esas obras que, utilizando las técnicas de la ciencia ficción, se han convertido en una prospección profética del futuro. Primero fue 'Cuando el durmiente despierta', de HG Wells, luego 'El talón de acero', de London, más tarde 'Nosotros', de Zamiatin, posteriormente 'Un mundo feliz', de Huxley, al que siguió '1984' de Orwell, 'Stand on Zanzibar', de Brunner, y por último, 'La naranja mecánica', de Burgess. El de esta década es 'King Kong Blues' de Sam J. Lundwall), 'King Kong Blues' es la historia de un aburrido oficinista de una empresa de productos estéticos al que se le encomienda la terrible tarea de encontrar a Miss Sobaco, una chica elegida al azar por una suerte de maquiavélica computadora (de la que Lenning, el oficinista, conoce el nombre, Anniki, pero poco más), para rodar el anuncio estrella de la empresa. Apenas tiene tres días para hacerlo y su recorrido por el enfebrecido Nuevo Mundo que imagina el sueco Lundwall es propio del K. Dick menos tremendista (y más juguetón: este es, el de ciertos rincones de 'Ubik'). En ese mundo (en esa Suecia), hay programas de televisión en los que los presentadores sueltan peroratas sobre botones de votación como la que sigue: "Bienbienbien, no todos pueden ganar, pero todo el mundo puede participar. Y esto, señoras y señores, nos lleva a la parte siguiente del programa ESTA ES MI VIDA; nuestro emocionante espectáculo en el que cuatro familias distintas apelan a la comprensión de ustedes explicándoles sus deplorables situaciones. Quienas tengan botones de votación en su televisor, podrán participar votando a una de estas cuatro familias, a aquella cuya historia más les conmueva. El premio se adjudicará, como siempre, a la familia que obtenga mayoría de votos. Bienvenidos a SM5X, la emisora que siempre les da...".

Sí, cualquier parecido con nuestra sociedad es pura coincidencia. ¿O no? A menudo los escritores, y más a menudo aún los escritores de ciencia ficción, dibujan un boceto del futuro (capaz de estirarse como chicle derretido, en el caso de los tipos como Lundwall, al ritmo de la palabra diversión, diversión, diversión) que mucho tendrá que ver con el dibujo final de la realidad y el fresco, al óleo, posterior que los que escritores (realistas, neorrealistas, ultrarrealistas, obsesorrealistas) que pasarán a la Historia, acabarán pintando algún día. ¿Y qué pasará entonces? Que nadie recordará que Sam J. Lundwall publicó en 1977 una novela divertidísima (que, a ratos, se desinfla, en especial, cuando se obceca en describir la situación religiosa del momento: sí, la Iglesia está pasando por un mal momento y le ha dado por volverse demasiado cool, y Lundwall, fascinado, vuelve una y otra vez al asunto, perdiendo a la futura Miss Sobaco y a nuestro adorado Lenning, todo un perdedor del futuro, por el camino) que no sólo ya hablaba de nosotros (chicos y chicas de hoy) en 1977 sino que lo hacía con un sentido del humor ciertamente admirable (atentos a la cita con la que se abre el libro: "Si quiere tener el placer de hacer una visita al Frente Occidental, no se demore, pues la limpieza de los campos de batalla se realiza con gran rapidez". Corresponde a un Anuncio del Rée's Travel, de 1919).

Sin duda, de haberlo leído en la época en la que leí 'Duluth', de Gore Vidal, habría sido una ENORME influencia para 'Bienvenidos a Welcome' y todo lo que estaría (y aún está) por llegar. Sirva como homenaje la cita al aeropuerto de Bromma, el aeropuerto principal de la novela (en el que se rueda un programa en directo que me fascina), que haré en la novela que ya estoy escribiendo, la cuarta, que vendrá justo después de 'La Chica Zombie'.

Su título provisional es '¡No puedes escapar del Capitán Futuro!'.

P.D. Casi lo olvido. Tengo buenas noticias. 'La Chica Zombie' se publicará a principios de 2013. Y el año próximo, llegará (POR FIN) la reedición (en bolsillo) de 'Bienvenidos a Welcome' a librerías. Seix Barral rules.

martes, 12 de julio de 2011

"¡No te puedes escapar del Capitán Futuro! ¡Estás muerto, marciano!"

Stephen King, el tipo al que Javier Calvo llama El Genio Más Perdurable de Nuestra Era, es, sin duda alguna, el escritor que más he leído y al que más le debo (desde el pensamiento del narrador, presente ya en Bienvenidos a Welcome pero sobre todo en Wendolin Kramer y aún más y de forma casi visceral en La chica zombie, mi particular homenaje a Carrie; hasta las mayúsculas cuando se habla de tipos con jersey de cuello alto, en plan, les presento al Señor Cuello Alto, pasando por la acumulación de detalles de la vida de personaje ultrasecundarios que, oh, demonios, gracias a ellos, están vivos). Pero vayamos por partes. He aquí todos los libros de Stephen King que he leído: Misery, La tienda, It, Apocalipsis, Tommyknockers, Carrie, El misterio de Salem's Lot, El resplandor, La zona muerta, Cujo, La mitad oscura, El juego de Gerald, Dolores Claiborne, La milla verde, Un saco de huesos, El cazador de sueños, El umbral de la noche, Pesadillas y alucinaciones, Posesión Corazones en la Atlántida, Rabia, La larga marcha, Carretera maldita, El fugitivo, Maleficio, Mientras escribo y Danza macabra. Sí, un montón. Un montón a los que hay que sumar las cuatro primeras entregas de La Torre Oscura (cuando Plaza & Janés compró la saga y contrató a un puñado de traductoras poco fiables, la abandoné). El total asciende a 31 libros (entre novelas, ensayos y colecciones de cuentos). En realidad, 32. Porque hace una semana acabé La expedición (también conocida como Skeleton Crew) una minicolección de relatos que me hizo recordar por qué adoro a Stephen King y hasta qué punto todo lo que hago es tratar de deformar y añadir, en la medida de lo posible, otro tipo de lecturas (cosas que me gustan y que recolecto de aquí y de allá, Hubert Selby Jr, Kurt Vonnegut, Evelyn Waugh, Gore Vidal, Douglas Adams, Phil K. Dick, ese tipo de gente), a lo que en su momento hizo King. Y digo en su momento porque desde que aquel condenado camión se lo llevó por delante todo lo que ha hecho King es dar vueltas alrededor de la mesa en la que imagino su máquina de escribir (la máquina de escribir de Jack Torrance, que es la misma que la máquina de escribir de Paul Sheldon) y tratar de convertirse en uno más de sus personajes (literalmente se cuela en La Torre Oscura, su obra fetiche, su homenaje a su adoradísimo Mago de Oz, el malo ausente, su Randall Flagg).

Bueno, tal vez eso no sea del todo cierto. No he leído demasiado al último King. Pero es algo que estoy tratando de solucionar. Actualmente tengo empezados los siguientes de sus libros: La cúpula, Las cuatro después de medianoche, Cell y Blockade Billy. A excepción de Las cuatro después de medianoche (estoy atrapada en el primer cuento, el excepcional, y muy lostiano, Los lagolieros, un King trepidante, violento, jugando a pilotar aviones y a dar saltos en el tiempo), son tres de sus últimas obras y, aunque reconozco que el arranque de Cell es un buen arranque (el ataque de la Niñata Zombie junto al carrito de helados) se pierde en el intento de dar credibilidad a la transformación moviliana del monstruo. Pero es sólo el principio. De la misma forma que al principio de La cúpula el enjambre de personajes avispa que se acumula ante los ojos del lector te impide ver lo que hay más allá (el coche partido por la mitad, la avioneta, la ardilla, un futuro inminente que es mucho más horrible de lo que jamás nadie pudo imaginar). Pero no estamos aquí para hablar del último King, estamos aquí para hablar del King de La expedición. El Gran King de 1985.

El primero de los relatos incluidos en La expedición es el que da título al volumen (español). Y cuenta la historia de una familia que debe trasladarse a Marte porque al padre le ha salido un trabajo allí. Habla de un momento en la Historia, con mayúsculas, en el que la gasolina es más barata que el pan (apenas un puñado de centavos el bidón) porque se ha inventado la teletransportación y todo se teletransporta (y eso incluye todo tipo de mercancías, con lo que ya no hay camiones en las autopistas). Pero para viajar a Marte hay que tumbarse en una camilla y esperar a que una suerte de enfermeros te apliquen una droga que te duerme durante lo que despierto serían miles de años. Con el fin de tratar de que los críos no se asusten (un crío y una cría que están descaradamente basados en los dos primeros hijos del escritor: Naomi y Joe), el padre (King) cuenta la historia del tipo que descubrió el teletransporte y de las primeras ratas que viajaron por el espacio (desapareciendo y volviendo a aparecer). Y la cosa se vuelve muy oscura. Tan oscura que el lector, como suele ocurrir cuando se enfrenta al Gran King, siente a la vez la tentación de dejar de leer (oh, Dios, esto se está poniendo feo, muy feo) y la imperiosa necesidad de acabar cuanto antes el maldito relato para saber qué demonios pasa. Porque la maestría de King está en el cómo no en el qué. La manera en que construye la historia es realmente fascinante. El terror, en su caso, acecha siempre en algún punto de la frase. En el momento en el que el niño aguanta la respiración para evitar que la mascarilla haga su efecto o en el silencio que rompe el fornit al golpear la barra espaciadora de la máquina de escribir. Porque la colección se cierra con un relato que parece un homenaje a la mente enferma del escritor (sí, todos tenemos una) y la delgada línea que separa el Mundo Real del (a veces pérfido) Mundo Imaginario. En La balada del proyectil flexible hay dos parejas (un escritor y su mujer, un agente y su mujer) y un ex editor sentados a una mesa. El ex editor empieza a contar una historia sobre Reg Thorpe, una especie de Jonathan Franzen, un tipo que escribió una Gran Novela y luego pasó demasiado tiempo alejado de los focos, tanto que acabó tomando el desvío y empezó a creer que en su máquina de escribir vivían pequeños monstruos. Lo mejor es que la historia arranca con la confesión del ex editor de que Reg no fue el único que se volvió loco. Lo que dice el ex editor es que él también se volvió loco después de recibir el relato de Reg. Pero, ¿le pasaba algo al relato? ¿Era una versión prehistórica de Nana de Palahniuk? Oh, no. El Gran King de los 80 es bastante más retorcido. Y lo que te impulsa a seguir leyendo hasta la última línea es el deseo de saber cómo demonios puede volverse loco alguien completamente cuerdo después de recibir un relato que opta a ser publicado en la revista que dirige, una revista que publica relatos de John Updike y tipos por el estilo. Una revista cualquiera. La frase que da título a este larguísimo post (suplo con él la ausencia del pasado martes) está extraída de ese relato que recomiendo especialmente a todos aquellos que aún no sepan a qué juega (o jugaba) King.

martes, 21 de junio de 2011

"Estamos rodeados de posibles heroísmos"

Ya he hablado antes sobre mi pasión por los dinosaurios. De la que no había hablado aún es de la novela que fundó el género (sí, existe un género dinosaurio). Es esa de ahí arriba. Se titula El mundo perdido y la escribió nada menos que sir Arthur Conan Doyle. De una manera más bien torpe, avanzando a tientas por un mundo (La Tierra de Maple White) apenas esbozado, en el que los enjambres de mosquitos gigantes y las cuerdas que nunca llegan (existe una meseta inaccesible, en la que habitan los dinosaurios, y que misteriosamente está separada del mundo real de manera que cuando das el salto es imposible regresar) resultan tan espectaculares (para el narrador) como el avistamiento de un Iguanodonte (más tarde utilizado como animal de carga, una versión del caballo muchísimo más monstruosa y decididamente más dócil). El narrador de la historia es (oh, sorpresa) un periodista. Se llama Malone y está obsesionado con una tal Gladys. Gladys quiere casarse pero sólo se casará con un hombre que sea un hombre, esto es, que haya vivido aventuras, que haya arriesgado su vida para salvar a otros, etc. Sí, las mujeres de antes, sus cosas. El caso es que el tal Malone se presenta en la redacción de la Gaceta, el periódico para el que trabaja, y le pide a su jefe (un jefe a la vez comprensivo y tipo duro) que le dé un trabajo arriesgado. Y el jefe primero se ríe y luego le pregunta si ha oído hablar del profesor Challenger.

Oh, el profesor Challenger.

Un tipo vanidoso, con demasiado pelo, que tiene una silla que cuelga del techo en su despacho a la que sube a su mujer de vez en cuando. Cuando su mujer pretende que no mate a alguien y cosas por el estilo. Un tipo realmente violento, que dice haber estado en una tierra (que después será bautizada como La Tierra de Maple White, en honor al primer aventurero que se adentró en ella y cuyo cadáver fue encontrado junto a una libreta de dibujos en la que además de estupideces del estilo curas con la sotana ligeramente levantada aparecía un estegosaurus) prehistórica. Un tipo que lo primero que se le ocurre cuando ve un pájaro saurio es apuntarle con su rifle y cargárselo. Un gran zoólogo, sí señor, sin escrúpulos.

El caso es que el tal Malone no ha oído hablar de Challenger, pero el asunto le parece interesante, así que se va a verlo.

Y la escena de su encuentro es sencillamente delirante. Incluye una pelea al estilo Tom y Jerry, golpes en el pecho a lo King Kong, y misteriosas revelaciones a lo Richard Attenborough en Jurassic Park. El caso es que después de que el profesor Challenger (que se parece, como descubrirá el lector tarde o temprano, demasiado sospechosamente al "eslabón perdido", oh, sí, el Eslabón Perdido hace un cameo bastante gore en la historia) esté a punto de ser arrestado por casi matar a Malone (lo único que Malone hace es poner en duda que Challenger haya visto y matado a un pájaro saurio), éste decide invitarle a una conferencia en la que piensa poner en ridículo a un tal Summerlee (otro científico al que odia) demostrándole que aún existe vida sauria en el planeta.

La conferencia resulta igualmente delirante. Como la expedición en sí. Sir Arthur intenta poner a prueba a sus personajes (todo el tiempo) y los estira tanto (todo el tiempo) que está a punto de romperlos (todo el tiempo). La historia avanza sin traspiés, a paso de tortuga marina. No tenía Doyle el don de la intriga sauria pero se le reconoce su valentía al esbozar un género que no ha tenido muchos adeptos (algún Aldiss, una desconocida Anne McCaffrey, el gran Michael Crichton, capaz de triturar la inconcebible y poco atractiva meseta de Doyle y las previsibles aventuras de los chicos Challenger y convertirlas en un parque de atracciones que devora a sus clientes). El mundo perdido fue publicada originalmente en 1912, menos de un siglo después de que se descubriera el primer esqueleto de dinosaurio (precisamente un iguanodonte, el primer saurio que avistan en la meseta: 1822), y, aunque menor (tanto por lo que se refiere a la obra de Doyle como por lo que se refiere a la historia del género y de la literatura, no ya universal, sino de aventuras, porque básicamente es una novela de aventuras con monstruos), es imprescindible para cualquiera que, como yo, visite compulsivamente todos los Museos de Historia Natural que encuentra por el camino (el último, el de Lisboa: francamente recomendable).

martes, 7 de junio de 2011

Mulberry Sellers: 'Materializa un millón de espíritus y serás rico'


Mulberry Sellers es un hombre singular. Es a la vez abogado, agente judicial, materializador de espíritus, hipnotizador y curandero de almas. En su tiempo libre, inventa juguetes a los que pone nombres ridículos (el último se llama Puercos en la Pocilga). Su mujer cree estar casada con las mismísimas Cataratas del Niágara y su hija, Sally, prefiere su nuevo nombre, Gwendolen, porque hace que las otras chicas (del colegio privado en el que estudia) parezcan pajaritos que picotean alrededor de su (merecidísimo) despacho propio (¡un despacho propio! ¡una cría de instituto con un despacho propio!). Pero, ¿por qué ha cambiado de nombre Sally Sellers? ¿Y por qué Mulberry se empeña en que sus criados (en realidad, una pareja de negros a los que cuida su esposa y que no dejan de discutir) le llaman Conde Rossmore? Muy sencillo. Porque Mulberry Sellers es el Conde de Rossmore. El último de su estirpe. Una serie de malentendidos (y problemas con el correo) han hecho que durante al menos un par de siglos el verdadero conde de Rossmore (en realidad, su nombre completo es conde de Rossmore K.G.; G.C.B.; K.C.M.G.) no sea más que un farsante. Todo empezó cuando el primogénito de los Rossmore decidió marcharse a probar suerte a América y jamás regresó. El título pasó así a su hermano pequeño, que, al final de su vida, recibió una carta, del hijo americano de su hermano, reclamándoselo. Pero una serie de infortunios (y la definitiva muerte) hicieron que no pudiera ostentarlo. Y así sucedió una y otra vez hasta alcanzar al bueno de Mulberry Sellers y su pequeña y disfuncional familia. Cuando lo descubre, Sellers está convencido de poder materializar espíritus y ahorrar así un montón de dinero a todo el mundo. Mejor dicho, ganar él ese dinero. "Consideremos el ejército, por ejemplo. Actualmente consta de veinticinco mil hombres; gasta veintidós millones al año. Desenterraré a los romanos, haré resucitar a los griegos, proporcionaré al Gobierno, por diez millones al año, diez mil veteranos salidos de las legiones gloriosas de todas las épocas. Soldados que cazarán indios todo el año, montados en caballos materializados, sin costar un céntimo su manutención y desperfectos. Desenterraré a todos los hombres de Estado inteligentes, de todas las épocas y latitudes, y proporcionaré al país un Congreso que sabrá conducirlos a buen puerto...". Sí, Mulberry tiene un excelente plan. ¿Que un buscadísimo delincuente (manco) por el que ofrecen una cuantiosa recompensa muere en el incendio de un hotel? Mulberry se frota las manos y dice: "Lo materializaré y lo llevaré yo mismo hasta comisaría". Y cosas por el estilo. Por cierto, en ese mundo, en el mundo enfermo de Mulberry Sellers (y su padre: Mark Twain), las actrices sólo son famosas si dejan que sus joyas ardan en incendios de hoteles. Como hace "esa que causa sensación con sus papeles de vampiresa; ha conseguido hacerse una gran reputación, atrae a la gente igual que una riña de gallos, y todo se lo ha ganado por quemarse en los hoteles. La primera vez todos los periódicos hablaron de ella. Pidió aumento de sueldo y lo obtuvo. Se quemó por segunda vez, perdiendo de nuevo todos sus diamantes, y eso la hizo subir tanto que se elevó hasta las estrellas. Sus joyas se han quemado 35 veces y si esta noche se incendia algún hotel de San Francisco, acuérdate de mis palabras, allí se encontrará ella", cuenta Mulberry. En cualquier caso, mientras Mulberry se pregunta qué hacer con los falsos restos mortales (las cenizas divididas en tres tazones) del hijo del conde Rossmore (el auténtico farsante) inglés, que ha venido a América a tratar de vivir como un hombre más, y sentirse por fin igual al resto de los hombres, éste se ha cambiado el nombre y está compartiendo cama en una infecta pensión para mecánicos en la que ha descubierto que ser igual al resto de los hombres no es tan fascinantemente sugerente como le parecía desde su mansión.

'El conde americano' no es sólo una de las novelas más divertidas de Mark Twain, el hombre que primero fue tipógrafo (de hecho, lo fue durante casi toda su vida, iba de imprenta en imprenta, y aprovechaba para imprimir sus cuentos) y luego 'padre' de Huckleberry Finn y Tom Sawyer (oh, demonios, ¿por qué esos dos condenados chicos han cubierto de brumosa niebla del Mississipi el resto de la obra de Twain?), sino que fundamenta buena parte de la literatura dispuesta a reírse de casi todo (y casi todos) que tipos como Evelyn Waugh retomarían años después, pero no sólo él (en la historia hay un Gran Gadsby, y se escribió un puñado de años antes que la mítica novela de Scott Fitzgerald), Brautigan, seguramente el mismísimo Vonnegut, el endiablado Robert Coover, ¿quién sabe? Se dice que Twain es el creador de la narrativa moderna estadounidense, y yo me atrevo a afirmar que 'El conde americano' jugó tan bien con el humor inglés que incluso anticipó todos los clásicos de Waugh (mi favorito: 'Noticia ¡bomba!').

lunes, 4 de abril de 2011

Rick Deckard, su oveja eléctrica y el avestruz que nunca tendrá


Hasta el momento he leído las siguientes obras de Philip K. Dick:

Los clanes de la luna alfana.
Ubik.
Laberinto de muerte.
Fluyan mis lágrimas, dijo el policía.
¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?
Podemos construirle.

Y debo confesar que, aunque disfruté muchísimo con Ubik (y las farmacias que envejecen y los cadáveres que vuelven a ratos a la vida para dirigir empresas sin futuro) y, por supuesto, con la carrera hacia la propia identidad de Fluyan mis lágrimas, dijo el policía (John Taverner, el presentador más famoso de la Tierra, desaparecido), la que más me ha impactado (y no hablemos del título que más me ha impactado, que, por supuesto, es esa joya llamada Podemos construirle, o qué haría Abraham Lincoln si volviera a la vida y alguien lo colocara en un escaparte, como el muñeco en el que se ha convertido) es ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, la historia de Rick Deckard, el policía que no emigró a Marte cuando pudo (y cuando debería haberlo hecho, a juzgar por todos esos carteles que cuelgan de las puertas de las tiendas de mascotas: '¡Emigra o degenera!'), y se quedó, en cambio, soñando con comprarse un avestruz, hojeando su catálogo Sidney (el catálogo de precios de animales, que cualquier ser humano que presuma de serlo, guarda con celo en el primer cajón de su mesita de noche) y tratando de matar andrillos. Lo que Ridley Scott llamó replicantes. Los Nexus-6, un tipo de androide tan perfecto que para poder diferenciarlo de un ser humano debe sometérsele a un test (el Voigt-Kampff) que consiste en descubrir qué haría un androide con una cartera hecha de piel de bebé (y cosas por el estilo). ¿Y por qué es precisamente esta, de entre todas las novelas que he leído de Phil K. Dick, mi favorita? Muy sencillo. Porque tiene una fuerza sobrenatural. El odio que siente Deckard por su oveja eléctrica es proporcional al amor que siente por cualquier ser vivo (que no sea humano). Por cualquier inocente y no radioactivo animal indefenso, símbolo de estatus en la sociedad que se ha quedado en el viejo planeta azul, pero mucho más que eso: representación de la vida, la vida en estado puro, sin los cables del androide y sin los irrefrenables deseos de posesión del no androide. Así que Deckard desea un avestruz. Vivo. No eléctrico. Para sentir su corazón palpitar, para tener que alimentarle, para verle envejecer, en el tejado de su edificio, el mismo lugar en el que su vecino Babour presume de su yegua Jenny. Sí, lo sé, estoy hablando de Blade Runner, así que, ¿qué hay de los replicantes? No pienso hablar de ellos. Los replicantes, en la novela, representan El Mal, la Ausencia Total de Empatía, el Enemigo Final de Todo Escritor (pues si de algo vive el escritor, es de la empatía, no existen escritores sin empatía porque su vida, aquello que les da sentido, consiste en ponerse en la piel de otros, y creo que esa es precisamente la causa de que esta sea la novela de K. Dick que más me ha impactado, porque está hablando directamente del escritor). ¿Y qué son los replicantes en la película de Scott (por otro lado, una Obra Maestra Indiscutible pero totalmente alejada del Espíritu de la Novela de Dick)? En la película son víctimas. En la película son los únicos que aprecian la vida porque van a perderla. Porque, oh, sí, lo saben, la vida, para ellos, es puro artificio. Blade Runner basa su fuerza (toda su increíble y retrofuturista fuerza de platito de noddles en oscuros callejones) en la idea de que la vida es corta, de que "todos esos momentos se irán, como lágrimas en la lluvia", y los malditos seres humanos no se dan cuenta de eso, se dedican a despellejar replicantes que, como las rosas, son bellos porque mueren antes. Pero, ¿qué hacen los replicantes, los andrillos, en el mundo de Dick? Arrancar patas de araña a arañas vivas. En el mundo de Dick, la Tierra ha pasado por una Guerra Mundial Terminal que ha acabado con casi todos los seres vivos (empezó con el búhos, en el mundo de Dick, el animal más caro que existe, porque apenas quedan dos o tres, o puede que media docena de ellos en todo el planeta), obligando a los humanos a mudarse a Marte y a construir robots (andrillos) para que se ocupen de las tareas domésticas (como en Podemos construirle se construyen para que sean los vecinos perfectos en la triste y oscura colonia marciana en la que nadie quiere instalarse). Estos son los Nexus-6. Androides que disfrutan acabando con la vida porque ellos no la necesitan. Podrían vivir para siempre si quisieran. Sí, en la novela, en el mundo de Dick, la víctima es el ser humano, el ser que siente, el ser que no es un montón de cables, que, como ser vivo defiende la vida no ficticia porque la vida no ficticia está en extinción. Oh, y no hablemos de John Isidore, el tipo que conduce la ambulancia hacia el hospital veterinario, de la escena incial en la que cree estar perdiendo a un gato ahí detrás, mientras conduce a toda prisa, creyendo que debe salvarlo, porque es un gato, un gato de verdad.
Un superviviente.

miércoles, 16 de marzo de 2011

(Leer a) Mann es divertido

Thomas Mann concibió La montaña mágica como una parodia (un "drama satírico") de La muerte en Venecia. Su atmósfera debía ser "la mezcla de muerte y diversión" que Mann había conocido en el sanatorio en el que había estado internada su mujer y al que él, como Hans en la novela, acudió de visita y estuvo a punto de quedarse (lo invitó el director pero Mann declinó la oferta, probablemente tenía cosas mejores que hacer que tomar el sol y comer hasta desfallecer, que es lo que hacen los protagonistas de la novela y lo que Mann dedujo, por el poco tiempo que pasó allí, que hacían los internos). La idea era pues que «la fascinación por la muerte y el triunfo del embriagador desorden sobre una vida dedicada al orden, descrito en La muerte en Venecia, debía plasmarse en clave humorística». Y así fue. Pero me pregunto por qué nunca se habla de ello. Por qué cuando se habla de La montaña mágica sólo se habla de Filosofía, así, con mayúsculas, y de la Decadencia de la Sociedad de la Época (así, también, en mayúsculas), y, por supuesto, de la Muerte (y su afilada guadaña, buena amiga en este caso de los pañuelos manchados de sangre) y del Arte y del Tiempo (el tiempo que se estira como chicle mojado y dota a la novela de una atmósfera casi lynchiana, en realidad, muy kafkiana, de confusión, desorientación y sueño: en este punto he de añadir algo que siempre he pensado sobre Kafka: igual que en las novelas de Phil K. Dick sus personajes no dejan de tomar café, en las de nuestro querido oficinista, los K. se duermen en el punto culminante de la acción, agotados por el esfuerzo que les ha supuesto, en un acto de empatía con su Autor, que escribía de noche y debía asaltarle el sueño durante el día, probablemente también en el momento menos indicado). En cualquier caso, estábamos hablando de Mann. El tipo que amaba a Knut Hamsun (siempre lo admiraré por haber dicho aquello de: "Nunca el Premio Nobel se ha dado a alguien que lo merezca tanto como Knut Hamsun") y al que seguramente le gustaron más los chicos que las chicas, fue por encima de todo un escritor que supo reírse de sí mismo. Su risa está en cada página de La montaña mágica, en sus descripciones del millón de personajes que pueblan el sanatorio (a cada cual más estrafalario y más, sí, divertido), en las comidas (el desayuno, el almuerzo, la merienda y la cena, parecen las únicas actividades de los internos, esas y el crujir de muelles por las noches, algo que el bueno de Castorp, un tipo sin dos dedos de frente aficionado a cigarros que se llaman María Mancini), auténticos epicentros de la acción, a las que los internos se entregan como si no hubiera mañana, devorando cada pedazo de carne que se les pone delante como si fuera lo más sabroso que probarán jamás, e ignorando la pequeñez y estupidez de la camarera enana que se las sirve, en una especie de parada de monstruos con aspecto de paraíso, más bien, de limbo para moribundos que viven (más y) mejor que los vivos.

miércoles, 23 de febrero de 2011

Douglas Adams también amaba a Robert Sheckley

Robert Sheckley tuvo al menos un fan ilustre: Douglas Adams. Y otro: Kingsley Amis. Y, oh, vamos, por qué no, uno más: JG Ballard. También tuvo cinco mujeres (no es extraño pues que, en sus cuentos, haya más chicas muertas que cafeteras estropeadas), un hijo, dos hijas (entre ellas, Alisa Kwitney, editora de Vertigo Comics primero y escritora de novelas de títulos tan sugerentes como 'Hasta que la Gorda Cante' después) y una casa en Ibiza. También tuvo una infancia feliz, una adolescencia complicada y un fusil que empuñar durante la guerra de Corea. Y, por supuesto, tuvo una máquina de escribir. Y escribió un montón de historias. Historias sobre tipos aislados en planetas feos y aburridos que encargan novias por correo (y reciben el paquete de un sultán), y sobre dinosaurios que acaban convertidos en oficinistas bonachones adictos al café. Eso es lo que ocurre en 'Dimensión de milagros', la novela que, al parecer, inspiró 'Guía del autoestopista galáctico', de Douglas Adams, aunque Douglas Adams afirmó no haber leído a Sheckley hasta después de haberla escrito. En cualquier caso, siempre es fascinante descubrir que los escritores que adoras se adoraron en algún momento. Es como llegar la última a una fiesta y descubrir que hay una silla lista para ti en la mesa de los únicos tipos con los que te imaginabas compartiéndola. Te estaban esperando.

lunes, 14 de febrero de 2011

Mundo Maravilloso

Conocí a Valentina Parini una tarde de sábado. Seguramente era una tarde lluviosa. Yo estaba en el sofá, compartiendo un tazón de leche con galletas con la por entonces última y voluminosa nueva novela de Javier Calvo (sí, 'Mundo Maravilloso'). Tenía que escribir un artículo para el periódico. El caso es que al toparme con ella, sonreí maliciosa a mi estantería atestada de novelas (en viejas ediciones de bolsillo rojas) de Stephen King. ¿Y por qué? Oh, muy sencillo. Porque Valentina Parini iba a clase con un cuchillo en la mochila (yo solía esconderlo bajo la almohada) y se consideraba a sí misma la Principal Experta Europea en la Obra de Stephen King (yo nunca pensaba en Europa, Europa era como un monstruo sin dientes que vestía de domingo todos los días de la semana, pero sí pensaba en mi barrio, en mi ciudad, y me consideraba La Única Lectora de Stephen King de Mi Colegio, pues en mi colegio, los niños jugaban a beisbol y las niñas, oh, las niñas, las niñas sólo se aburrían). Bien, así que sonreí de forma maliciosa y me dije: 'Buena chica, Valentina'. Luego seguí leyendo. Y leí lo siguiente:

-No es mi padre - Valentina Parini mira a la entrenadora con el ceño fruncido detrás de sus gafas infantiles de pasta verde -. Y no quiero salir. Soy la peor jugadora del equipo. Soy la peor jugadora de
cualquier equipo. Cada vez que salgo todo el mundo se ríe de mí. Adelfi puede jugar mejor que yo aunque le corten la pierna - Se encoge de hombros - ¿Por qué no me expulsa del equipo?

Me detuve. Acababa de recordar algo. Algo que había enterrado en algún lugar de mi mente de escritora chiflada, en ese archivo gigantesco (repleto de pequeños duendes que van de un lado a otro tomando notas y cambiando papeles de sitio, como dijo en uno de sus adictivos prólogos el Maestro King). Que yo también había sido La Peor Jugadora de un equipo. Sólo que lo mío no era el baloncesto. Era el voleibol. Yo era la chica del banquillo. Una especie de mascota. A la que la entrenadora sólo señalaba cuando había que salir a por agua. Recuerdo con especial cariño un campeonato de Cataluña (oh, sí, las otras chicas de mi equipo eran buenas, quizá hasta demasiado buenas) en el que lo más destacado que hice fue pasar media hora buscando un colmado en un pueblo perdido de Vic (en busca de una garrafa de agua) mientras mi equipo disputaba la final de infantiles contra un colegio de chicas con uniforme (nosotras no teníamos uniforme, apenas una camiseta blanca con números rojos).

Fue maravilloso.

Cuando regresé apenas nos quedaban dos puntos para derrotarlas.

Y sí, las derrotamos. Y conseguí una medalla. Fue maravilloso. Conseguí una medalla por un paseo por el campo. Recorrí una carretera envuelta de maleza, camino del pueblo, y luego la recorrí de vuelta, camino del polideportivo, mirándome las rodilleras de vez en cuando y diciéndome qué tampoco estaba tan mal ser la peor jugadora del equipo.

Sólo que entonces no pensaba que era la peor jugadora del equipo. No me gustaba demasiado el equipo. Porque no me gustaba demasiado el voleibol. El voleibol sólo era algo que hacía para no sentirme tan diferente a todo el mundo. Para no ser un bicho raro. Como Valentina.

El caso es que dos días después de toparme con Valentina, tuve que escribir el artículo. Un artículo sobre 'Mundo Maravilloso'. Para hacerlo, tuve un pequeño y accidentado encuentro con Javier Calvo en las dependencias de Random House Mondadori. Recuerdo que llegué emocionada y quise saber si era tan fan de Stephen King como parecía y él me dijo:
-No.
Y no recuerdo qué más, pero me dijo que no. Que no había leído ninguno de sus libros. Y no me lo creí. Pero continué haciendo preguntas. Fueron preguntas estúpidas porque aquello me descolocó. Me dijo que no y fue como si (BLAM) me cerrara la puerta en las narices.

Escribí el artículo. Pasaron los años. Publiqué 'Bienvenidos a Welcome'. Pasaron más años. Escribí un cuento de marcianos que publicó 'Quimera'. Pasó un mes. Me enviaron a Berlín a entrevistar a una escritora y me las ingenié para tomar un par de cervezas con Carmen Burguess, la chica que había ilustrado mi cuento (¿Por qué, por todos los dioses galácticos, tenía que ser ELLA?') para 'Quimera'. Y estuvimos hablando de Valentina Parini. Carmen era muy fan de Valentina y muy fan de Calvo. Me dijo que iba a ilustrar sus dos próximos libros ('Corona de flores' y 'Suomelinna') y también me dijo que Calvo había leído mi cuento y que le había encantado. Le regalé a Carmen un ejemplar de 'Bienvenidos a Welcome' y me dije que si alguna vez volvía a ver a Javier, le regalaría uno a él también.

Y así fue. El resto de la historia la resume muy bien el artículo que hoy ha publicado Javier en www.sigueleyendo.es. Nos hemos visto en un par de ocasiones más (recuerdo una fiesta, en una terraza-galería cercana a Urquinaona, en la que me salvó de un tipo que decía haberme visto desnuda en otra fiesta, algo que, por supuesto, no era cierto, pues no acostumbro a salir demasiado) y apenas hemos hablado. Por eso hoy, al leerle, he tenido la sensación de que todo (incluido aquel paseo en busca de un colmado y todas las veces en que me he preguntado si alguna vez encontraría mi sitio) ha merecido la pena. Que alguien a quien admiras diga tantas cosas (buenas) de ti es alucinante.

Alucinante, en serio.

Sin más.

jueves, 27 de enero de 2011

Cosas que Javier Calvo dice de Wen

"La obra de Laura Fernández trae un montón de cosas que faltaban en nuestras letras: aventuras, humor, ingenio, hardboiled, el desparpajo del cine indie y un gamberrismo más que sano. En cuanto la lees ya no entiendes cómo podías estar sin ella. Leerla produce la misma euforia que leer a Douglas Adams o a Vonnegut. Y lo más asombroso es la facilidad con que hace todo lo que a los demás nos cuesta tanto".

Javier Calvo

Oh, demonios.

lunes, 10 de enero de 2011

Cosas que Agustín Fernández Mallo dice de Wen


"Una aventura con notable poder para la sorpresa a través de micromundos, en una Barcelona que parece L.A. Mejor que Ghost World. Alguien tendría que llevar esto a la pantalla"
Agustín Fernández Mallo.

"Guau", murmura el pequeño Earl.
Wendolin se acerca.