miércoles, 13 de octubre de 2010

Compre Planeta Zapato II

Para todos aquellos que se quedaron con las ganas de leer 'Compre Planeta Zapato', la tercera entrega del relato conjunto 'La calle de los tiranos' que inició Robert Juan-Cantavella, basta con clickar en la siguiente palabra: Barcelonés.

A ver qué os parece.

lunes, 11 de octubre de 2010

No sería la primera vez que alguien mata a alguien

El siguiente relato es, en realidad, la primera versión de uno de los capítulos de la futura 'Wendolin Kramer'. Se publicó en Barcelona Review hace un millón de años. A ver qué os parece. Se llama:

No sería la primera vez que alguien mata a alguien

Los vestidos de Liz Garo eran conocidos en la profesión por atrevidos, en el mal sentido de la palabra. Liz Garo solía vestir de amarillo chillón, de verde pistacho chillón, de gris plata chillón. Todo en Liz era chillón. Desde el color de las uñas de sus pies hasta su voz, hasta el punto de que sólo podría haber doblado a un espantapájaros deprimido cayendo desde el piso diecinueve de un rascacielos que no prohibiera la entrada a espantapájaros. No, Liz no podría pasar desapercibida aunque quisiera. El día que lo intentó, conoció a su primer marido. Un orondo empresario, aficionado a la novela rosa y al buen vino, que no fue capaz de aguantar el ritmo de Liz bajo las sábanas. Corría el rumor en la profesión de que era insaciable. La profesión, por cierto, era el periodismo. Y Clay Gómez, su asignatura pendiente. Roberta Glanton, agente y amiga, lo sabía bien. Había prestado su hombro al amarillo chillón del bolso de Liz en demasiadas ocasiones. Pero Liz no parecía darse cuenta. Liz nunca se daba cuenta de nada. Bastante tenía con pensar en sí misma. Sí, Liz Garo era uno de los ombligos del mundo

–Oh, querida, creo que le gusto.
–¿En serio?
–No me quita ojo de encima.
–Liz, me temo que es el vestido.
–¿Qué le pasa a mi vestido?
En aquella ocasión, Liz había elegido un rojo chillón. Mejor dicho, un palabra de honor rojo chillón de falda demasiado corta.
–Nada –Roberta no quería darle un motivo para que la noche girara entorno a su vestido. Liz era especialista en hacer girar el mundo a su alrededor.
–Es muy mono –dijo. Se refería a un tipo que cenaba con su mujer dos mesas más allá. Era moreno y demasiado vulgar.
–Liz, ¿crees que estoy perdida?
–¿Cómo?
–¡Clay!
–Oh, sí. Clay –Liz hizo un mohín de disgusto–, Clay. Es muy guapo, ¿sabes? Un día estuvimos a punto de, ya sabes, pero murió un escritor, maldito escritor, y tuvo que irse antes de, ya sabes. Fue horrible.
–Liz, ¿no me has oído?
–No, perdona, ¿qué decías? –Liz apuró su copa de Chardonnay.
–Oh, Dios, Liz.
–¿Qué pasa? ¿Qué es tan importante? ¿Te vas a casar, Robbie?
–No.
–¿Entonces?
–¿Crees que podría comprar a Clay?
–¿Comprarle? ¿Te refieres a… comprarle? –Liz le guiñó el ojo y Roberta supo que no se referían al mismo tipo de “compra”.
–No, Liz, no quiero tirármelo, si eso es lo que crees.
–Oh, bueno, yo no he dicho eso.
–Pero lo has pensado.
–¡Robbie! ¿Por quién me tomas?
–¿Por alguien que no escucha?
–¡Te estoy escuchando!
Roberta suspiró. Sabía que no había sido una buena idea quedar con Liz pero, ¿a quién podía llamar? Hacía un millón de años que había dejado de tener amigas.
–Vale. Me estás escuchando. ¿Qué he dicho de Clay?
–Que es guapo.
–Eso lo has dicho tú.
–Ah. ¿Qué has dicho, entonces?
Roberta se bebió de un trago su propio Chardonnay y rellenó ambas copas.
–He dicho que sospecho que Clay Gómez está a punto de jugármela y que quiero comprarlo. ¿Crees que se dejaría?
–Cariño, todo el mundo tiene un precio.
–Corren rumores de que Clay no lo tiene.
–¿Qué rumores son esos?
–Hay quien dice que Clay es de los buenos.
Liz se rió y luego dijo:
–No me hagas reír, Roberta, en esta profesión no hay buenos.
–¿Crees que podría comprarlo entonces?
–Depende –Liz bebió más Chardonnay.
–¿Depende? ¿Ahora depende? ¿De qué depende?
–Del tema. ¿Es un buen tema?
Roberta probó la ensalada.
–Me temo que sí.
–Uhm. Si es un buen tema no tienes nada que hacer.
–¿CÓMO? – Roberta escupió un pedazo de brócoli en el plato.
–Si es un buen tema no tienes nada que hacer.
–Ya te he oído. Sólo que –sonrió, se aclaró la garganta con algo de vino– sólo que no te entiendo, querida. ¿Por qué?
–Los buenos temas no tienen precio.
–¿QUÉ? ¿NO ACABAS DE DECIRME QUE TODO TIENE UN PRECIO?
–Shhh. Baja la voz, ¿quieres? No todo tiene un precio.
–¿No?
–No.
–¿Y entonces? ¿Qué hago?
–Puedes matarle.
–¿Qué? –susurró la multimillonaria agente, sabiendo que su amiga y clienta (Liz había publicado un par de novelas rosas) había dado en el clavo sin querer.
–Puedes matarle –repitió Liz.
–¿Matarle? –Roberta seguía susurrando.
–No sería la primera vez que alguien mata a alguien, Robbie.
–Pero, ¿qué dices? ¿Cómo voy a matarle?
Liz se rió. Luego se puso seria de repente. La cara de Roberta no había cambiado de expresión. Seguía cejijunta y horrorizada.
–¿Me tomas en serio? –dijo Liz.
–¡No! –Roberta se bebió de un trago lo que quedaba de su copa, se sirvió otra y se bebió la mitad–. Claro que no, ¿por quién me tomas?
–¿Por una asesina en serie? –Liz carcajeó.
Roberta intentó esbozar una sonrisa.
–Muy graciosa, Liz.
–Ya te has cargado a tu marido.
–Ex marido.
–Por cierto, ¿qué sabes de él? ¿Sigue durmiendo en la calle?
–No. Está en casa de su madre.
–¿Todavía tiene madre?
–Claro, ¿por qué no iba a tenerla?
–¿No era muy mayor?
–Liz.
–¿Qué? Oh, mira, ¿no es un encanto? Sigue sin quitarme ojo de encima.
–¿Quién?
–Creo que le gusto.
Roberta suspiró. Bebió algo más de vino y la emprendió con su ensalada. Liz se entretuvo con el tipo de dos mesas más allá. Le guiñó un ojo, se cruzó de piernas, le lanzó un beso y le puso tan nervioso que le hizo derramar parte del tinto sobre su mujer.
–¿Has visto eso? –Liz se puso en pie y se dio un par de palmadas en el trasero–. ¡Está loco por mí! Vuelvo enseguida.
Mareada por el vino, Roberta hundió la cabeza entre las manos y deseó estar en cualquier otro lugar. Aunque sabía perfectamente dónde deseaba estar.
–Oh, Francis, ¿por qué lo hiciste?

jueves, 7 de octubre de 2010

Mil millones de marcianos repelentes

Y cuando los marcianos llegaron resultó que no eran flores ambulantes, ni altas sombras azules, ni reptiles microscópicos, ni siquiera eran insectos gigantescos (y tampoco dinosaurios parlanchines, y esto vale para todos los fans de Robert Sheckley: Si te gustó 'Trueque mental' te encantará 'Dimensión de milagros'). ¿Y qué eran entonces? Pequeños y verdes y desagradables y molestos y estúpidos y metomentodos y parlanchines y brutales y odiosos y respondones y revientafiestas. Sí, todo eso, y más. Luke Deveraux, escritor de ciencia ficción aburrido (recién abandonado por su chica) y protagonista de esta historia, soñaba con el día en que una nave aterrizara en la Tierra y escupiera a un par de tipos de otros mundo. Pero, ¿qué pasó cuando uno de esos tipos de otro mundo llamó a su puerta? Pues que dijo:
-Hola, Pepe. ¿Es esto la Tierra?
-G-g-g - dijo Luke.
-¿Estás loco? ¿Es esta la forma en que recibes a los forasteros? ¿No vas a invitarme a entrar?
-En-entra.
Dentro:
-Argeth, qué muebles más feos.
-No los escogí yo.
-Entonces tienes un pésimo gusto en elegir a tus amigos.
Sí, resultó que los marcianos eran algo así como tu peor enemigo sin un esparadrapo en la boca. Aparecen en todas partes, salidos de la nada (han inventado un método de teletransportación y se han dejado las naves en casa) y muy pronto hay mil millones de ellos. Lo que, en 1964 equivale a uno cada tres terrícolas. Pueden ver en la oscuridad (así que olvídemonos de la noche de bodas) y pueden esquivar todos los golpes (resulta inútil tratar de pegarles un puñetazo, son algo así como hombrecillos invisibles completamente visibles). Es decir, la Tierra es el Infierno. Y todos los terrícolas, el marginado de la clase. El mundo es, definitivamente, un lugar horrible.

Publicada originalmente en 1955, 'Marciano, ¡vete a casa!' es la cuarta novela de Fredric Brown, el único escritor chiflado de Cincinnati que creía en marcianos (repelentes).