martes, 1 de junio de 2010

La ruda América contemporánea

He aquí el artículo que escribí tras recibir la respuesta de Wells Tower a por qué demonios escribía en una máquina de escribir que parece una calculadora. Y otro montón de cosas. Se ha publicado hoy en la edición catalana del diario El Mundo.

"Wells Tower nació en Vancouver, pero se crió en un pequeño pueblo del Medio Oeste americano. Dice que, si no fuera escritor, sería profesor de inglés en un instituto. Pero es escritor y escribe rudos relatos de vaquero urbano porque ha leído más de la cuenta a Flannery O’Connor. En su primer libro, 'Todo arrasado, todo quemado' (Seix Barral), hay tipos que se encierran con niños en los lavabos, vikingos que hablan de dragones y separados que coleccionan peces de colores. También hay padres, ausentes, muertos, y fuera de lugar. «No es que esté especialmente interesado en la figura del padre, lo queme interesa es la tensión emocional constante que constituye una familia», dice Tower, desde su mesa de ratos muertos. Porque Tower tiene una mesa para escribir, «alejada de internet», y otra para todo aquello
que tenga que ver con navegar. Virtualmente, por supuesto. «Internet es una distracción terrible. Me parece absurdo que estemos intentando crear en máquinas por las que puedes ver la televisión, llamar a alguien o comprarte un disco», dice. Por eso tiene su propio intento de máquina de escribir, un microprocesador, del tamaño de una calculadora, que únicamente sirve para eso: escribir. «No es demasiado práctico, pero sirve», asegura.

Tower es fan de AA Bondy, un cantautor de Alabama, y lee con interés cada nuevo libro de Lorrie Moore. «No me siento parte de una generación ni siquiera me siento cerca de la Next Generation (que reunió a autores como Chuck Palahniuk, David Sedaris o el desaparecido David FosterWallace), sólo me preocupan los líos en los que meto a mis personajes y en los que me meto yo mismo», dice Tower. Sus cuentos son eso, sí, una red de sentimientos que siempre acaba atrapando a quien ha olvidado que se encuentra en mitad de algo que otros tejen. Wells sabe de lo que habla. Sus padres se separaron cuando tenía seis años. Pero no empezó a escribir hasta pasados los 20. De hecho, no fue hasta cumplidos los 27 que se atrevió a enviar su primer relato a una revista.

Para entonces ya había escrito algún artículo para el Washington Post y Harper’s. Por esa época ya creía que «un buen cuento tiene que hacer tambalear todo tu mundo». Eso sí, si pudiera tomar un café con Flannery O’Connor le preguntaría por qué nadie parece capaz de escribir una historia sobre alguien completamente feliz. En su caso, todas provienen de algo que alguien le ha contado. A partir de ahí, empieza a fabular. «Es casi como un juego, un amigo me cuenta algo y yo trato de convertirlo en una historia», confiesa. Convertir una anécdota en algo que puede cambiarle la vida a alguien. Ése es el fin. Y, a juzgar por el entusiasmo de la crítica norteamericana, Wells lo ha conseguido. Con relatos como La América salvaje, la historia de una chica que odia a su prima porque es perfecta: es guapísima, trabaja como modelo y tiene novios que no sólo parecen sacados de la portada de una revista sino que a veces lo están, puesto que ellos son la portada de la revista. Y no se da cuenta de que su odio es proporcional al que siente su prima por ella y su tranquila (y nada superficial) existencia.

¿Y su interés por los vikingos? Porque ocho de las nueve historias se sitúan en la Norteamérica contemporánea, pero la última lo hace mucho más allá (en el tiempo, volantazo al pasado), aunque los personajes hablen y se comporten como si pasaran las noches viendo capítulos de Los Soprano. Los protagonistas son vikingos. Vikingos que viven con miedo a que sus familias salten en pedazos, como hicieron saltar ellos a las familias de otros en sus asaltos. De hecho, el título de la recopilación de relatos, que es el mismo que el de esta historia, que además cierra la antología,
lo sacó de un artículo que leyó mientras se documentaba. «Lo escribió un superviviente a un asalto vikingo y la primera frase era justo esa: ‘Todo arrasado, todo quemado’. Pensé que era perfecta», dice. ¿Por qué? «Mis historias tienen ese punto de desolación y, sí, soledad y fatalidad», admite, aunque asegura que intenta equilibrar la balanza de lo macabro con algo de humor «y ternura». Y lo consigue.

3 comentarios:

  1. Casualmente, acabo de visitar esta viñeta. No me sorprendería que Montt hubiera leído tu artículo antes de dibujarla.

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  2. Lastima perderme la edición en papel! Un autor mas a leer. Gracias por la presentación!

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  3. La demoré porqué no soy de relatos. Luego empecé con ellos y hace tres días acabé hasta los mismísimos (de los relatos; en general). Vuelvo a demorarla.

    Respecto al maquinucho. Me hace gracia que primero diga "Me parece absurdo que estemos intentando crear en máquinas por las que puedes ver la televisión, llamar a alguien o comprarte un disco" (muy moderno, sí) y luego diga que su chisme "No es demasiado práctico, pero sirve".
    A ver, por favor, que alguien le diga a este señor que NO ES NECESARIO instalar todo eso que lo distrae en un ordenador. Windows pelao y word y yatá.

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