jueves, 11 de noviembre de 2010

Wendolin Kramer cree que Peter Parker es un quejica


Ya es oficial. 'Wendolin Kramer' estará en librerías el 22 de febrero de 2011.
Wendolin Kramer es una chica pelirroja que cree que Peter Parker es un blando, porque todos los superhéroes tienen problemas y ninguno se queja. Todos se aguantan menos él.
"Peter Parker es un quejica", dijo, en una ocasión, Wen.

jueves, 4 de noviembre de 2010

'Benvenuti a Welcome', en camino

Ilustres habitantes de Welcome, seguidores de este blog que nació porque Brandy Newman se hizo un corte en la frente el día en que iba a ser contratado (por el mismísimo Jupiter Ron) para investigar qué demonios pasaba con todos aquellos welcomianos que se fueron (supuestamente) a protagonizar una serie de televisión (al Más Allá, claro), quiero comunicaros algo: 'Bienvenidos a Welcome' va a tener versión italiana. La editorial Atmosphere Libri (Andrés Barba, Belén Gopegui) publicará 'Benvenuti a Welcome' en breve (tan pronto como esté lista la traducción). Así que, coleccionistas del mundo naranja chillón de Welcome, guardadle un sitio en vuestras librerías a la seguramente todavía más delirante versión italiana de las aventuras de Anita Velasco, Rita Mántel, Rico Imperio, Londy Londy, Extraterrestre Peludo y todos los demás.
Rondy Rondy lo haría.
Estoy segura.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Compre Planeta Zapato II

Para todos aquellos que se quedaron con las ganas de leer 'Compre Planeta Zapato', la tercera entrega del relato conjunto 'La calle de los tiranos' que inició Robert Juan-Cantavella, basta con clickar en la siguiente palabra: Barcelonés.

A ver qué os parece.

lunes, 11 de octubre de 2010

No sería la primera vez que alguien mata a alguien

El siguiente relato es, en realidad, la primera versión de uno de los capítulos de la futura 'Wendolin Kramer'. Se publicó en Barcelona Review hace un millón de años. A ver qué os parece. Se llama:

No sería la primera vez que alguien mata a alguien

Los vestidos de Liz Garo eran conocidos en la profesión por atrevidos, en el mal sentido de la palabra. Liz Garo solía vestir de amarillo chillón, de verde pistacho chillón, de gris plata chillón. Todo en Liz era chillón. Desde el color de las uñas de sus pies hasta su voz, hasta el punto de que sólo podría haber doblado a un espantapájaros deprimido cayendo desde el piso diecinueve de un rascacielos que no prohibiera la entrada a espantapájaros. No, Liz no podría pasar desapercibida aunque quisiera. El día que lo intentó, conoció a su primer marido. Un orondo empresario, aficionado a la novela rosa y al buen vino, que no fue capaz de aguantar el ritmo de Liz bajo las sábanas. Corría el rumor en la profesión de que era insaciable. La profesión, por cierto, era el periodismo. Y Clay Gómez, su asignatura pendiente. Roberta Glanton, agente y amiga, lo sabía bien. Había prestado su hombro al amarillo chillón del bolso de Liz en demasiadas ocasiones. Pero Liz no parecía darse cuenta. Liz nunca se daba cuenta de nada. Bastante tenía con pensar en sí misma. Sí, Liz Garo era uno de los ombligos del mundo

–Oh, querida, creo que le gusto.
–¿En serio?
–No me quita ojo de encima.
–Liz, me temo que es el vestido.
–¿Qué le pasa a mi vestido?
En aquella ocasión, Liz había elegido un rojo chillón. Mejor dicho, un palabra de honor rojo chillón de falda demasiado corta.
–Nada –Roberta no quería darle un motivo para que la noche girara entorno a su vestido. Liz era especialista en hacer girar el mundo a su alrededor.
–Es muy mono –dijo. Se refería a un tipo que cenaba con su mujer dos mesas más allá. Era moreno y demasiado vulgar.
–Liz, ¿crees que estoy perdida?
–¿Cómo?
–¡Clay!
–Oh, sí. Clay –Liz hizo un mohín de disgusto–, Clay. Es muy guapo, ¿sabes? Un día estuvimos a punto de, ya sabes, pero murió un escritor, maldito escritor, y tuvo que irse antes de, ya sabes. Fue horrible.
–Liz, ¿no me has oído?
–No, perdona, ¿qué decías? –Liz apuró su copa de Chardonnay.
–Oh, Dios, Liz.
–¿Qué pasa? ¿Qué es tan importante? ¿Te vas a casar, Robbie?
–No.
–¿Entonces?
–¿Crees que podría comprar a Clay?
–¿Comprarle? ¿Te refieres a… comprarle? –Liz le guiñó el ojo y Roberta supo que no se referían al mismo tipo de “compra”.
–No, Liz, no quiero tirármelo, si eso es lo que crees.
–Oh, bueno, yo no he dicho eso.
–Pero lo has pensado.
–¡Robbie! ¿Por quién me tomas?
–¿Por alguien que no escucha?
–¡Te estoy escuchando!
Roberta suspiró. Sabía que no había sido una buena idea quedar con Liz pero, ¿a quién podía llamar? Hacía un millón de años que había dejado de tener amigas.
–Vale. Me estás escuchando. ¿Qué he dicho de Clay?
–Que es guapo.
–Eso lo has dicho tú.
–Ah. ¿Qué has dicho, entonces?
Roberta se bebió de un trago su propio Chardonnay y rellenó ambas copas.
–He dicho que sospecho que Clay Gómez está a punto de jugármela y que quiero comprarlo. ¿Crees que se dejaría?
–Cariño, todo el mundo tiene un precio.
–Corren rumores de que Clay no lo tiene.
–¿Qué rumores son esos?
–Hay quien dice que Clay es de los buenos.
Liz se rió y luego dijo:
–No me hagas reír, Roberta, en esta profesión no hay buenos.
–¿Crees que podría comprarlo entonces?
–Depende –Liz bebió más Chardonnay.
–¿Depende? ¿Ahora depende? ¿De qué depende?
–Del tema. ¿Es un buen tema?
Roberta probó la ensalada.
–Me temo que sí.
–Uhm. Si es un buen tema no tienes nada que hacer.
–¿CÓMO? – Roberta escupió un pedazo de brócoli en el plato.
–Si es un buen tema no tienes nada que hacer.
–Ya te he oído. Sólo que –sonrió, se aclaró la garganta con algo de vino– sólo que no te entiendo, querida. ¿Por qué?
–Los buenos temas no tienen precio.
–¿QUÉ? ¿NO ACABAS DE DECIRME QUE TODO TIENE UN PRECIO?
–Shhh. Baja la voz, ¿quieres? No todo tiene un precio.
–¿No?
–No.
–¿Y entonces? ¿Qué hago?
–Puedes matarle.
–¿Qué? –susurró la multimillonaria agente, sabiendo que su amiga y clienta (Liz había publicado un par de novelas rosas) había dado en el clavo sin querer.
–Puedes matarle –repitió Liz.
–¿Matarle? –Roberta seguía susurrando.
–No sería la primera vez que alguien mata a alguien, Robbie.
–Pero, ¿qué dices? ¿Cómo voy a matarle?
Liz se rió. Luego se puso seria de repente. La cara de Roberta no había cambiado de expresión. Seguía cejijunta y horrorizada.
–¿Me tomas en serio? –dijo Liz.
–¡No! –Roberta se bebió de un trago lo que quedaba de su copa, se sirvió otra y se bebió la mitad–. Claro que no, ¿por quién me tomas?
–¿Por una asesina en serie? –Liz carcajeó.
Roberta intentó esbozar una sonrisa.
–Muy graciosa, Liz.
–Ya te has cargado a tu marido.
–Ex marido.
–Por cierto, ¿qué sabes de él? ¿Sigue durmiendo en la calle?
–No. Está en casa de su madre.
–¿Todavía tiene madre?
–Claro, ¿por qué no iba a tenerla?
–¿No era muy mayor?
–Liz.
–¿Qué? Oh, mira, ¿no es un encanto? Sigue sin quitarme ojo de encima.
–¿Quién?
–Creo que le gusto.
Roberta suspiró. Bebió algo más de vino y la emprendió con su ensalada. Liz se entretuvo con el tipo de dos mesas más allá. Le guiñó un ojo, se cruzó de piernas, le lanzó un beso y le puso tan nervioso que le hizo derramar parte del tinto sobre su mujer.
–¿Has visto eso? –Liz se puso en pie y se dio un par de palmadas en el trasero–. ¡Está loco por mí! Vuelvo enseguida.
Mareada por el vino, Roberta hundió la cabeza entre las manos y deseó estar en cualquier otro lugar. Aunque sabía perfectamente dónde deseaba estar.
–Oh, Francis, ¿por qué lo hiciste?

jueves, 7 de octubre de 2010

Mil millones de marcianos repelentes

Y cuando los marcianos llegaron resultó que no eran flores ambulantes, ni altas sombras azules, ni reptiles microscópicos, ni siquiera eran insectos gigantescos (y tampoco dinosaurios parlanchines, y esto vale para todos los fans de Robert Sheckley: Si te gustó 'Trueque mental' te encantará 'Dimensión de milagros'). ¿Y qué eran entonces? Pequeños y verdes y desagradables y molestos y estúpidos y metomentodos y parlanchines y brutales y odiosos y respondones y revientafiestas. Sí, todo eso, y más. Luke Deveraux, escritor de ciencia ficción aburrido (recién abandonado por su chica) y protagonista de esta historia, soñaba con el día en que una nave aterrizara en la Tierra y escupiera a un par de tipos de otros mundo. Pero, ¿qué pasó cuando uno de esos tipos de otro mundo llamó a su puerta? Pues que dijo:
-Hola, Pepe. ¿Es esto la Tierra?
-G-g-g - dijo Luke.
-¿Estás loco? ¿Es esta la forma en que recibes a los forasteros? ¿No vas a invitarme a entrar?
-En-entra.
Dentro:
-Argeth, qué muebles más feos.
-No los escogí yo.
-Entonces tienes un pésimo gusto en elegir a tus amigos.
Sí, resultó que los marcianos eran algo así como tu peor enemigo sin un esparadrapo en la boca. Aparecen en todas partes, salidos de la nada (han inventado un método de teletransportación y se han dejado las naves en casa) y muy pronto hay mil millones de ellos. Lo que, en 1964 equivale a uno cada tres terrícolas. Pueden ver en la oscuridad (así que olvídemonos de la noche de bodas) y pueden esquivar todos los golpes (resulta inútil tratar de pegarles un puñetazo, son algo así como hombrecillos invisibles completamente visibles). Es decir, la Tierra es el Infierno. Y todos los terrícolas, el marginado de la clase. El mundo es, definitivamente, un lugar horrible.

Publicada originalmente en 1955, 'Marciano, ¡vete a casa!' es la cuarta novela de Fredric Brown, el único escritor chiflado de Cincinnati que creía en marcianos (repelentes).

jueves, 2 de septiembre de 2010

Compre Planeta Zapato

He aquí algunos detalles del 'making off' de la tercera entrega de 'La calle de los tiranos', suerte de negro y bizarro relato a pedazos que la revista 'Barcelonés' publica mensualmente y que me ha tocado continuar. La experiencia ha sido fascinante. Bueno, ahí van los detalles:

--Si hubiera tenido que ponerle un título a mi entrega le habría puesto 'Compre Planeta Zapato'.

--Le habría puesto 'Compre Planeta Zapato' porque ese es el título de la novela de Lauren Wilcox que ha leído uno de los asesinados por el ejército de pies descalzos de Calígula, el tipo que tiene problemas con los zapatos y que creó Robert Juan-Cantavella en la primera entrega.

--Al asesinado en cuestión, Rabonnière, el dependiente de la zapatería de un centro comercial, lo creó Sebastià Jovani, que es el tipo que escribió la segunda entrega.

--El nombre de Lauren Wilcox, la escritora de ciencia ficción que no se lleva nada bien con la crítica y que tiene un serio problema con los zapatos, lo saqué de los agradecimientos de un disco que escuchaba por entonces, probablemente el último de Shout Out Louds.

--El título de la novela de Lauren Wilcox, que podría ser el título de esta entrega, 'Compre Planeta Zapato', está basado en el de un recopilatorio de relatos de Isaac Asimov, llamado 'Compre Júpiter'.

--Los grandes almacenes en los que trabaja Rabonnière se llaman 'Timequake' en honor a la novela del mismo nombre de Kurt Vonnegut.

--La escena entre Rabonnière y Wilcox, en la zapatería, me recuerda bastante (aunque cuando lo escribí no pensaba en ella) al par de encuentros que tiene Miranda July en la película 'Tú, yo y todos los demás' con el dependiente de una zapatería.

Me muero de ganas por saber qué dedicatoria escribió Wilcox en el ejemplar que encontraron en el bolsillo del muerto. Pero eso será cosa del siguiente.

En cualquier caso, os animo a echarle un vistazo.

La revista os encantará.

miércoles, 21 de julio de 2010

¿Sabe lo que decía John Collier?


Extracto de una conversación entre Phil K. Dick, el tipo del gato, y su psiquiatra, el doctor Flibe, de la época en la que el escritor habitaba en una casita, en Point Reyes, y escribía en una cabaña cercana, en la misma Point Reyes.

-¿Sabe lo que decía John Collier? - preguntó Phil -. El universo es un tipo que vierte cerveza en un vaso. Esto genera mucha espuma, y nuestro mundo no es más que una burbuja en medio de esa espuma. A veces, algunos, desde sus burbujas, llegan a vislumbrar la cara del tipo que vierte la cerveza, y desde ese momento ya nada es como antes para ellos. Eso es lo que me ha pasado.

-¿Quiere usted decir - arriesgó el doctor Flipe - que ha visto a Dios?

Phil K. Dick, el tipo al que persiguió una cara gigante, colgada del cielo, un día cualquiera, hasta la puerta de su casa.

jueves, 8 de julio de 2010

Un escritor no es exactamente una persona


Leyendo 'El último magnate' de Francis Scott Fitzgerald, descubro este par de frases:

"Un escritor no es exactamente una persona. Si es bueno, será muchas personas esforzándose en ser una sola".

Y no puedo estar más de acuerdo.

Qué tío.

Un escritor no es exactamente una persona.

Qué tío.

He aquí un fragmento de conversación entre Richard Tull, el escritor fracasado que protagoniza 'La información', de Martin Amis, y su mujer. Su mujer quiere que deje de escribir porque no ha conseguido nada en un año y está harta de ser quien lleva la pasta a casa. Y Tull le contesta esto:

"-No puedo dejar las novelas.
-¿Por qué no?
Porque... porque entonces se quedaría con la experiencia, con la experiencia inmediata, intraducible. Porque entonces se quedaría solo con la vida.
-Porque entonces sólo tendría esto.
La cocina, el cubo de plástico azul con las camisetas y calzoncillos blancos de los niños, el rígido bolso negro colgado de la silla con la boca abierta hacia arriba esperando alimento, los tazones y las cucharas y manteles individuales colocados en la mesa para el desayuno y los paquetes de cereales envueltos en celofán: todo eso se convirtió en la imagen de lo que quería decir.
-Días. Vida - añadió."

No puedo estar más de acuerdo.

martes, 22 de junio de 2010

Escena inédita de una posible segunda parte de 'Bienvenidos a Welcome'


HOY, EL EX ALCALDE ARDEN PIERDE WELCOME, UNA OREJA Y TODO LO DEMÁS

Desde que Extraterrestre Peludo, también conocido como Hinkston Lustig, el escritor de best-sellers que vino del futuro, se había instalado en El Rancho, la vida de los Arden, del pequeño Claudio y de la desaparecida Amanda, no era lo que se dice una vida. Y no lo era porque uno de ellos creía estar muerto y el otro se pasaba los días encerrado en su nuevo despacho viendo una estúpida serie de ex alcaldes que se metían a domadores de leones y acababan devorados por un hipopótamo. Una sit-com previsible (el argumento era siempre el mismo, lo único que cambiaba era el nombre del alcalde, la ciudad y sólo a veces el color del hipopótamo) que apenas tenía media docena de seguidores, entre los que se contaba Claudio Arden, ex alcalde en perpetuo encogimiento de Welcome.
Aquella mañana, Amanda estaba en su despacho. Se había hecho trasladar en el ataúd en el que dormía desde que había descubierto que estaba muerta. Daba vueltas por la habitación, clavando sus tacones de acero destilado en Texas en la moqueta de piel de vaca y resoplando (el flequillo arriba y abajo, estrellándose, una y otra y otra vez, contra su frente peluda).
-¿Qué demonios te pasa? – le preguntó el ex alcalde.
Amanda se detuvo junto a la pizarra que había hecho instalar en su ex despacho, el despacho de la fallecida directora de la revista femenina con más tirada de Welcome, y escribió: CREO QUE DEBERÍAS LLAMARLA.
-¿A quién? – El pequeño Claudio frunció el ceño y se miró los zapatos buscando un hipopótamo verde.
Amanda escribió:
A LA CHICA DEL ALCALDE.
-¿Del extraterrestre? ¿Estás loca, Amanda? – Claudio imaginó al hipopótamo mordisqueándole el dedo gordo del pie – ¿Es que quieres que me mate? Peor, ¿quieres que me coma? ¿Has visto lo que les pasa a los alcaldes en esa serie?
Amanda le miró, indignada.
LOS EXTRATERRESTRES NO COMEN COSAS TAN PEQUEÑAS COMO TÚ, ESTÚPIDO. Y ADEMÁS, EL ALCALDE NO ES UN EXTRATERRESTRE. ES ESCRITOR. Y ES EL ÚNICO QUE SABE CÓMO SALIR DE WELCOME. ÉL Y SU CHICA. POR ESO TIENES QUE LLAMARLA. RITA PODRÍA ENTREVISTARLA.
-¿Rita? – Claudio se rió.
Amanda golpeó la moqueta con uno de sus tacones. Lo hizo con tanta fuerza que la silla de Claudio se elevó un par de centímetros del suelo y el menudo ex alcalde creyó que volaba y cerró los ojos, esperando encontrarse entre las fauces de aquel hipopótamo verde que le mordisqueaba el dedo gordo del pie cuando los abriera.
Entonces sonó el teléfono. Claudio descolgó como en un acto reflejo. Y abrió los ojos. Ni rastro del hipopótamo verde. Se fijó en la pizarra. Amanda había escrito:
¡OH, CLAUDIO! ¡TENEMOS QUE SALIR DE AQUÍ!
-¿Sí?
-Claudio, soy mamá, ¿vendréis a comer hoy?
Claudio tapó el auricular. Miró a Amanda. Le dijo: Es mamá.
-¿Estás con tu hermana? – rezongó la madre.
-Sí, mamá.
-¿Todavía cree que está muerta?
-Sí, mamá.
Amanda le quitó el auricular y lo lanzó contra la pared. El teléfono salió volando y la voz de la madre (CLAUDIO, CARIÑO, ¿QUÉ PASA?) voló con él.
-¿Estás loca? – preguntó el pequeño ex alcalde – ¡Era mamá!
Amanda le señaló la pizarra.
-¿Por qué tenemos que salir de aquí? No te entiendo, Amanda, ¿no estás muerta? ¿Qué ibas a hacer en otro lugar? ¿Estar muerta?
Desde que había perdido la voz, y con ella, la vida, según le había hecho creer Lu Ken, hasta entonces periodista estrella de la revista que dirigía, Amanda buscaba la manera de escapar de Welcome. Claudio no podía entender por qué y Amanda no podía entender por qué su hermano no la entendía.
Aquella mañana perdió los nervios.
Cambió de color.
¿Se está poniendo verde?, se preguntó Claudio.
Y, ciertamente, lo estaba haciendo. Y también estaba abriendo mucho la boca, como si quisiera gritar y, por supuesto, no pudiera. El flequillo parecía estar a punto de descolgarse de su frente peluda.
-¡AMANDA, NO! – gritó el ex alcalde, viendo lo que se le venía encima. Pero de nada le sirvió. La gigantesca rubia se lanzó sobre él como lo haría una hiena sobre un torpe cervatillo o, mejor, como lo haría un hipopótamo sobre un ex alcalde, y le mordió su diminuta oreja izquierda, arrancándole un buen trozo.
-¡Oooooooh, Amanda! ¡Duele, DUELEEE! – gritó Claudio, imaginándose que era el protagonista del próximo capítulo de aquella serie de ex alcaldes domadores de leones. HOY, EL EX ALCALDE ARDEN PIERDE WELCOME, UNA OREJA Y TODO LO DEMÁS. Ese bien podría ser el título del capítulo. Pero, ¿por qué tenía que haber un capítulo? ¿Y, si era así, dónde estaban las cámaras? ¿Era Amanda en realidad un hipopótamo verde?
La oreja le escocía.
Abrió los ojos.
Amanda se había metido en su atáud. Cerró de un portazo.
En la pizarra había escrito:
ESTÚPIDO.
Claudio se tocó la oreja. Luego se miró la mano. Había sangre por todas partes.
-¡MAMÁ! – gritó, como un bebé estúpido, echándose a llorar.
Y la madre, desde el teléfono estrellado, respondió:
-¿Sí, cariño? ¿Todo bien? ¿Vendréis a comer?
-¿Mamá? – Claudio interrumpió su llanto – ¿Estás aquí?
-Sí – Su voz sonaba lejana, como si viniera de otro planeta.
Oh, Dios, no puedo verla, a lo mejor ella también está muerta, como Dios, como Amanda, pero a Amanda sí puedo verla, ¿y si el muerto soy yo?
ESTÚPIDO, leyó en la pizarra.
Y luego pensó:
Claro que lo soy, acaba de devorarme un hipopótamo verde.
Y se añadió:
Mañana me veré en esa serie de ex alcaldes domadores de leones. Anita también me verá. Donde quiera que esté, me verá, y querrá que juguemos a los médicos.
Con tan interesante y a la vez poco probable pensamiento tratando de hacerse un hueco en su diminuto cerebro (y era poco probable porque Anita Velasco, mito erótico y musical de Welcome, estaba demasiado ocupada jugando a los médicos con su querido Brandy Newman), Claudio Arden cayó en un profundo y agradable sueño.

sábado, 12 de junio de 2010

¿Y si David Foster Wallace hubiera sido un escritor repelente?


Ayer estuve pensando en David Foster Wallace. En lo que solía decir su chica, Amy, (¿A cuánta gente se supone que quieres joder con este libro?) y en su condición de marginado escolar (él mismo cuenta en uno de sus artículos cómo los chicos de su clase le bajaban los pantalones y luego los calzoncillos), y se me ocurrió pensar que (TODOS ADORAMOS A DFW) después de todo, ¿alguien recuerda con la intensidad con la que se recuerda El nadador de John Cheever alguna de sus historias? Sí, eres capaz de recordar que había un personaje, en una de sus historias, que estaba aterrorizado ante la idea de que David Letterman se riera de él en directo, y que otros iban a una especie de convención de McDonald's (y nunca llegaban), pero, ¿qué más? Oh, sí, estaban esos dos tipos, el agente en silla de ruedas y el otro agente doble o qué sé yo, que se encuentran junto al Gran Cañón en La broma infinita ¿y qué más? Poco más. Porque, y lo admite él mismo en otro de sus artículos, DFW fue un SNOOT, variante literaria del niño repelente, y se pasó la vida tosiendo cada vez que alguien decía mal una palabra (y eso incluía a sus compañeros de clase) o repetía un sintagma. Un niño repelente que cuando se ponía a escribir convertía sus cuentos en artefactos estilísticos en los que, lo de menos siempre era el personaje, y lo de más, lo mucho que se lucía su autor, con textos brillantes (y, por supuesto, apetecibles y disfrutables hasta el infinito) que, sin embargo, están cerrados a cal y canto (su posición ante los personajes siempre es la del Genio Creador, por la que la empatía con los mismos queda descartada), tan cerrados como debió estarlo el propio David, el niño repelente que luego fue un chico repelente y acabó convertido en un escritor repelente, tan acostumbrado a esconderse que escribía como quien esculpe un bonito jarrón al que olvidan tatuar el motivo que lo hará universal. Porque uno recuerda la tormentosa peripecia del protagonista de El nadador pero no cómo estaba escrito, porque leyendo a Cheever se vive, y leyendo a Wallace, se lee.
Es lo que pensé ayer.
Quizá mañana haya cambiado de opinión.
Pero es lo que pensé.

martes, 1 de junio de 2010

La ruda América contemporánea

He aquí el artículo que escribí tras recibir la respuesta de Wells Tower a por qué demonios escribía en una máquina de escribir que parece una calculadora. Y otro montón de cosas. Se ha publicado hoy en la edición catalana del diario El Mundo.

"Wells Tower nació en Vancouver, pero se crió en un pequeño pueblo del Medio Oeste americano. Dice que, si no fuera escritor, sería profesor de inglés en un instituto. Pero es escritor y escribe rudos relatos de vaquero urbano porque ha leído más de la cuenta a Flannery O’Connor. En su primer libro, 'Todo arrasado, todo quemado' (Seix Barral), hay tipos que se encierran con niños en los lavabos, vikingos que hablan de dragones y separados que coleccionan peces de colores. También hay padres, ausentes, muertos, y fuera de lugar. «No es que esté especialmente interesado en la figura del padre, lo queme interesa es la tensión emocional constante que constituye una familia», dice Tower, desde su mesa de ratos muertos. Porque Tower tiene una mesa para escribir, «alejada de internet», y otra para todo aquello
que tenga que ver con navegar. Virtualmente, por supuesto. «Internet es una distracción terrible. Me parece absurdo que estemos intentando crear en máquinas por las que puedes ver la televisión, llamar a alguien o comprarte un disco», dice. Por eso tiene su propio intento de máquina de escribir, un microprocesador, del tamaño de una calculadora, que únicamente sirve para eso: escribir. «No es demasiado práctico, pero sirve», asegura.

Tower es fan de AA Bondy, un cantautor de Alabama, y lee con interés cada nuevo libro de Lorrie Moore. «No me siento parte de una generación ni siquiera me siento cerca de la Next Generation (que reunió a autores como Chuck Palahniuk, David Sedaris o el desaparecido David FosterWallace), sólo me preocupan los líos en los que meto a mis personajes y en los que me meto yo mismo», dice Tower. Sus cuentos son eso, sí, una red de sentimientos que siempre acaba atrapando a quien ha olvidado que se encuentra en mitad de algo que otros tejen. Wells sabe de lo que habla. Sus padres se separaron cuando tenía seis años. Pero no empezó a escribir hasta pasados los 20. De hecho, no fue hasta cumplidos los 27 que se atrevió a enviar su primer relato a una revista.

Para entonces ya había escrito algún artículo para el Washington Post y Harper’s. Por esa época ya creía que «un buen cuento tiene que hacer tambalear todo tu mundo». Eso sí, si pudiera tomar un café con Flannery O’Connor le preguntaría por qué nadie parece capaz de escribir una historia sobre alguien completamente feliz. En su caso, todas provienen de algo que alguien le ha contado. A partir de ahí, empieza a fabular. «Es casi como un juego, un amigo me cuenta algo y yo trato de convertirlo en una historia», confiesa. Convertir una anécdota en algo que puede cambiarle la vida a alguien. Ése es el fin. Y, a juzgar por el entusiasmo de la crítica norteamericana, Wells lo ha conseguido. Con relatos como La América salvaje, la historia de una chica que odia a su prima porque es perfecta: es guapísima, trabaja como modelo y tiene novios que no sólo parecen sacados de la portada de una revista sino que a veces lo están, puesto que ellos son la portada de la revista. Y no se da cuenta de que su odio es proporcional al que siente su prima por ella y su tranquila (y nada superficial) existencia.

¿Y su interés por los vikingos? Porque ocho de las nueve historias se sitúan en la Norteamérica contemporánea, pero la última lo hace mucho más allá (en el tiempo, volantazo al pasado), aunque los personajes hablen y se comporten como si pasaran las noches viendo capítulos de Los Soprano. Los protagonistas son vikingos. Vikingos que viven con miedo a que sus familias salten en pedazos, como hicieron saltar ellos a las familias de otros en sus asaltos. De hecho, el título de la recopilación de relatos, que es el mismo que el de esta historia, que además cierra la antología,
lo sacó de un artículo que leyó mientras se documentaba. «Lo escribió un superviviente a un asalto vikingo y la primera frase era justo esa: ‘Todo arrasado, todo quemado’. Pensé que era perfecta», dice. ¿Por qué? «Mis historias tienen ese punto de desolación y, sí, soledad y fatalidad», admite, aunque asegura que intenta equilibrar la balanza de lo macabro con algo de humor «y ternura». Y lo consigue.

viernes, 21 de mayo de 2010

Wells Tower y su extraña máquina de escribir


Esa cosa con aspecto de calculadora es una máquina de escribir. Es la máquina en la que Wells Tower escribió 'Todo arrasado, todo quemado', nueve cuentos duros como piedras, o la versión de asfalto de los cuentos de piedras en el camino de Flannery O'Connor. Me pregunto cómo lo hará. Así que se lo pregunto. Y estoy esperando su respuesta.
Mientras, sigo leyendo a Sheckley.
Última adquisición: 'Dimensión de milagros', la historia de un tipo al que le toca la lotería y se va a vivir a una Tierra (sí, otra Tierra) en la que se topa con una familia de dinosaurios inteligentes. Sheckley (el Grande), la publicó en 1968, justo después de 'Trueque mental'. La escribió en una máquina de escribir que hacía CLAC CLAC.
La máquina de Wells Tower no hace CLAC CLAC.
La máquina de Tower es rara.
Parece sacada de una novela de Robert Sheckley.
¿No?

martes, 11 de mayo de 2010

Rent-A-Body


"Caballero de Marte, 43 años, apacible, culto, estudioso, desea trocar cuerpos con caballero de la Tierra de inclinaciones similares. Primero de agosto a primero de septiembre. Intercambio de referencias. Representantes protegidos".

Anuncio aparecido en la sección de clasificados de la Stanhope Gazette.

El tipo que lo lee se llama Marvin. Y no tiene un centavo. Pero sueña con salir de Santhope, su asfixiante pueblo natal. Por eso está pensando en enviar a su cerebro a Marte. Porque en la Tierra en la que vive Marvin, la mejor opción de vuelo no incluye cacahuetes ni refrescos tamaño chapa. Tampoco incluye despegue y aterrizaje, ni siquiera tarjetas de embarque. En la Tierra en la que vive Marvin se puede viajar mentalmente, en concreto, hay tipos que tienen agencias (y luego está el Mercado Libre, algo así como un escaparate de cuerpos-trabajo que, sí, te permiten visitar otros planetas, pero a cambio de, por poner un sádico ejemplo, cazar huevos de gánzer, unos simpáticos huevos parlantes expertos en despertar la compasión de sus cazadores) y son capaces de enviar tu mente a otro planeta. De hecho, te la instalan en el cerebro de un marciano, si eso es lo que quieres. Y eso es lo que quiere Marvin. Pasar un mes en Marte y ver el planeta desde los ojos de un marciano. Aprender a doblar sus esqueléticas piernas y dominar el idioma (algo que va en el pack de vuelo figurado). A cambio, un marciano ocupará su cerebro.
Pero, ¿qué ocurre cuando Marvin despierta en Marte?
Ocurre que descubre que el marciano que se ha mudado a su cerebro, es un fugitivo, y que el cuerpo que le ha alquilado (mejor dicho, trocado) había sido alquilado previamente, así que la Policía de Marte le da seis horas para abandonar el cuerpo del marciano en cuestión. ¿Y por qué no regresar a su cuerpo, a su Stanhope natal, y fingir que todo esto nunca ha pasado, oh, no, acaso podría ser tan estúpido? Muy sencillo. Porque el marciano en cuestión se ha dado a la fuga con su cuerpo.
Así que Marvin no tiene otro remedio que enfundarse un cuerpo de trabajo y meterse a esclavo de otro planeta (cazando huevos de gánzer) hasta que se topa con el Ermitaño, que le traslada al cuerpo de un político enano al que la oposición ha colocado un anillo de nariz que hace tic-tac. ¿Y por qué hace tic-tac? Pues porque podría ser una bomba. Esa es la razón por la que el político en cuestión ha dejado su cuerpo y se ha mudado a un cuerpo de vacaciones.
No, en serio, lo de Robert Sheckley es ALUCINANTE.
Douglas Adams debió pasar su adolescencia leyendo "Trueque mental" una y otra vez.
Publicada originalmente en 1965, "Trueque mental" es la quinta novela de Sheckley.
Y un clásico.

lunes, 3 de mayo de 2010

Pero, ¿de qué va 'Wendolin Kramer'?

Wendolin Kramer es el título provisional de mi segunda novela.

La publicará Seix Barral en breve.

Este es mi primer intento de sinopsis de la misma:

WENDOLIN KRAMER.
Una novela de superhéroes, supervillanos y chuchos deprimidos

Wendolin Kramer no es una chica cualquiera. Es Súper Chica. O eso cree ella. Guarda un traje con capa en su armario (la capa, por cierto, es amarilla) y está esperando a que Kirk Cameron conteste sus cartas. Cuando no sabe qué hacer, juega a venderle muebles por catálogo a su perro Earl, que está deprimido porque ha perdido el Hueso de Oro. Earl, un raro ejemplar de rusty rosa, mantiene a los Kramer desde el principio de los tiempos. Gana todos los concursos de belleza a los que se presenta. Todos menos el último. ¿Y por qué? Don García, el fabuloso psicólogo de perros adicto a los amores imposibles, cree que la culpa la tiene Oliver, el gato con el que, al parecer, Earl está saliendo. Marion Kramer, la madre de Wen, no lo aprueba, pero, ¿acaso hay algo que Marion apruebe, a menos que tenga que ver con Supermán? Wen tiene casi treinta años y sigue creyendo que es Súper Chica. Ha montado un despacho en su cuarto, situado en una callejuela putrefacta de una entrañable Barcelona sonámbula, y trata de resolver malentendidos. Cuando un extraño señor llamado Batido de Fresa le pide que descubra qué estará haciendo Francis Dómino, detective metido primero a gigoló y luego a escritor de novela rosa, el sábado por la noche, Wen se sumerge en una aventura que cambiará para siempre su vida. Y la de todas las fans de Vendolin Woolfin, la escritora maldita, que esconde un oscuro secreto.

viernes, 30 de abril de 2010

Los edificios mosquito de Delmak-O


'Laberinto de muerte' es la novela número 26 de Philip K. Dick. La publicó en 1970. Un año después que la maravillosa 'Ubik' (tipos que se congelan para vivir casi eternamente y otros tipos que se desintegran en un mundo que envejece por momentos, a menos que se tenga a mano un frasco de Ubik, se agite bien y se rocie lo que sea que esté envejeciendo) y el mismo año en que escribió 'Nuestros amigos de Frolik 8' (la historia de un padre que quiere, a toda costa, tener un hijo Inusual). En 'Laberinto de muerte' Dios existe. Es una especie de súper computador espacial que escucha plegarias y envía a sus 'divinos' empleados (Caminantes) allá donde les necesiten. En ese mundo maravilloso, cuando alguien, un tipo cualquiera como Ben Tallchief, ruega a Dios (vía transmisor supersónico), que lo saque de su aburrida oficina, Dios responde a su plegaria enviándole al planeta Delmak-O junto a otros trece colonos que no tienen ni idea de por qué han sido enviados allí en, sí, narizones, naves espaciales de único sentido (es decir, pueden llegar hasta allí pero no pueden dar media vuelta). ¿Y qué les espera en Delmak-O? Un Edificio Gigante que se aleja de ti cuando te acercas y que se acerca a ti cuando te alejas. Un Edificio Gigante que tiene crías: diminutos edificios mosquito que los colonos adoptan como si fueran mascotas y pretenden adiestrar. En esas está Susie Smart (una explosiva rubia adicta al sexo que exige acostarse con todos los tipos que se le cruzan por delante) cuando, oh, oh, muere. ¿Muere? ¿Por qué? Un momento, ¿qué estamos todos haciendo aquí?, se preguntan todos los demás. ¿Por qué los pequeños edificios que intentamos amaestrar, están intentando matarnos? ¿Y si todo esto no fuera más que un experimento? ¿Y si no somos más que un puñado de fracasados que la Tierra está tratando de quitarse de encima fingiendo que existe un Dios que, como el genio de la lámpara, concede deseos y te busca trabajo?
La versión Dick de 'Los diez negritos' o un 'Ubik' en el que Dios y el Destructor de Formas se miden en un duelo absurdo, bajo la sombra del Edificio Gigante que no deja de moverse.

Título del primer capítulo: Donde Ben Tallchief gana un conejo en una rifa.

Título del capítulo 11: El conejo que ha ganado Ben Tallchief le contagia la sarna.

Precio: 8 euros.

Editorial: Plaza & Janés.

Colección: Mundos Imaginarios.

Extracto del prólogo que firma Vicente Verdú: "Solamente entre 1963 y 1964, por ejemplo, llegó a escribir diez novelas que planteaban su compleja acción en los lugares más intrincados".

Segundo extracto del citado prólogo: "Philip K. Dick atravesó por tres diferentes etapas a lo largo de su producción creadora. Una primera, a la que se llama "etapa política", que va desde 1951 a 1960, con decenas de cuentos y largos relatos de ciencia ficción más doce novelas realistas que fueron, en su mayoría, transparentes parábolas para denunciar el poder de las grandes corporaciones, el sistema militar-industrial o la manipulación de la opinión a través de los medios. Su última etapa, de 1970 a 1981, donde se concentraron sus dos intentos de suicidio y el ingreso en un hospital psiquiátrico, se la conoce como "etapa mesiánica" y durante ella el autor se cree depositario de verdades cuasi divinas".

martes, 20 de abril de 2010

Clark Kent salta por la ventana, Supermán enciende un cigarrillo


Imaginen a Lois decepcionada, no enfadada sino decepcionada con Clark Kent. Sentada en su sillón, hojeando una revista, mirándose las uñas (rojas) y preguntándose por qué ese tipo de gafas de enorme parecido con Supermán debería ser Supermán. Preguntándose, qué demonios, si realmente lo es. Porque si lo fuera habría saltado y habría salvado a la mujer que se tiró por la borda en pleno crucero (Lois y Clark estaban de vacaciones, en alta mar, cuando la cosa ocurrió) con el único fin de ser salvada por Supermán.
(Lois): Porque todo el mundo lo sabe.
(Clark): El qué.
(Lois): Que eres Supermán.
(Clark): Como si lo llevara escrito en la frente.
(Lois): Como si lo llevaras escrito en la frente.
(Clark): Estupendo.
Así que Clark no se tira a rescatar a la señora en cuestión, una groupie de Supermán, of course, y la señora está a punto de ahogarse. Y todo porque Clark tenía miedo de un corte de digestión. Acababa de comerse un emparedado o algo parecido y no quería que (CHAS) la zambullida le costara la vida. Pero, ¿puede un corte de digestión acabar con Supermán?
Oh, no, claro no.
Pero, ¿puede un corte de digestión acabar con Clark Kent?
Oh, sí, por supuesto.
¿Por qué?
¿Por qué? ¿Acaso alguien se ha preguntado alguna vez qué hacía Clark Kent en la cabina? ¿Y si no se quitaba la camisa? ¿Y si lo único que hacía era esconderse mientras el otro, ese Gran Otro, tan parecido al bueno de Clark, volaba a salvar a la princesa? ¿Y si..., oh, demonios, y si Clark Kent y Supermán fuesen (GLUM) dos personas distintas?

Bien. Lo son. Al menos en la fabulosamente adictiva 'Los últimos días de Clark K.', de Alberto Ramos, obra que funciona como el borrador del cómic que DC nunca publicó, o el piloto de la serie que todos estamos esperando. Superhéroes que deciden empezar a fumar y tosen. Novias de superhéroes que descubren que odian a los superhéroes porque son demasiado infantiles, demasiado estúpidos, demasiado perfectos. Tipos que no dejan de tirarse por la ventana y que siempre son el mismo tipo, Clark (Gafapasta) Kent, el torpe periodista al que más entrevistas ha concedido Supermán (en el papel, este caso, de Superhéroe que decide empezar a fumar y tose), el tipo, en definitiva, que odia los calzoncillos rojos y las medias azules. Entre otras cosas, porque su vida sería mucho más sencilla sin ellos.

Ese de ahí arriba es mi ejemplar. La única pega es que no está autografiado. Pero contiene la antológica escena del crucero maldito. O más bien, del Crucero En El Que Clark Kent Evita Un Corte de Digestión. Gracias a Daredevil que, por cierto, no es ciego, sólo se lo hace.

Todo esto y mucho más en Los últimos días de Clark K., o cómo convertir la vida del tipo de la capa roja en una comedia de enredo con cigarrillos, sexo, disparos, cabinas que esconden a torpes periodistas gafapasta y cortes de digestión.

Más sobre su autor aquí.

martes, 13 de abril de 2010

Cosas que pasan en Los Angeles


Ese de ahí es John Fante. Mi escritor favorito.

Y eso de ahí arriba es el cartel que demuestra que tiene una plaza en Los Angeles.
Está en el cruce entre 5th Street y Grand Avenue. Es ese cruce y no otro porque es justo donde vivió y muy cerca de donde se encuentra la biblioteca pública en la que Charles Bukowski descubrió que Dios existía y se llamaba, sí, John Fante.
El caso es que la inauguraron el pasado jueves (8 de abril), a eso de las 11 de la mañana.
A la inauguración oficial (unas palabras de Dan Fante, su hijo) siguió un pequeño 'tour' por la Zona Fante, esto es: un paseo por Bunker Hill, una vuelta en el Angels Flight Railway (el funicular de principios de siglo que se mantiene como atracción de feria callejera), una parada para pillarse un 'hot dog' en el Grand Central Market y una cerveza en el King Edward Saloon, que celebrará a partir de este año cada 8 de abril el Día John Fante.
Cosas que pasan en Los Angeles.

jueves, 8 de abril de 2010

Amsterdam


Lugar: Restaurante Le Zinc et Les Autres (Amsterdam)

Cena: Láminas de morcilla sobre algo parecido a pescado y un bistec poco hecho con una patata en forma de lápiz. Mantequilla. Pan con aspecto de bollo.

Media de edad de los integrantes de la mesa: 57 años.

Tema de conversación: Escritores. Escritores hablando de sí mismos hablando de otros escritores. O, lo que es lo mismo, Yo, yo mismo y Todos los Demás que son, por cierto, Peores que Yo.

Interlocutores: Periodistas españoles. Escritores holandeses.

Extracto de la conversación:

Escritor 1: Los escritores jóvenes creen que pueden llegar a ser escritores y no tienen ni idea.
Escritor 2: No tienen ni idea.
Periodista 1: Los españoles tampoco.
Escritor 1: ¿Hay escritores españoles jóvenes?
Periodista 1: Sí, bueno, si contamos con los argentinos y los colombianos, sí.
Escritor 2: ¿Argentinos?
Periodista 1: Sí.
Escritor 1: Lo que pasa es que no puedes ser escritor si tienes que trabajar. Lo dejas después del segundo libro.
Escritor 2: En cuanto tienes mujer e hijos.
Escritor 1: Imagina que tienes que dar clase en la Universidad.
Escritor 2: Yo tengo un amigo que lo hacía y nunca podía quedarse a tomar una copa porque tenía que madrugar.
Periodista 1: En España muchos escritores escriben artículos.
Escritor 1: ¿En serio?
Periodista 2: Sí.
Escritor 1: Yo antes escribía reseñas. Pero no está bien escribir reseñas si eres escritor. Si eres escritor lo que tienes que hacer es escribir.
Periodista 2: Claro.
Periodista 1: ¿Un poco más de vino?

Aclaración: En Holanda, los escritores cobran 55.000 euros al año por pasear por las calles de Amsterdam, reunirse con periodistas españoles y hablar de lo 'privilegiados' (sic) que se sienten.

No, en serio.
Odio a los escritores holandeses.

miércoles, 31 de marzo de 2010

Vuelve Brautigan, el 'beatnik' maldito

Esto es lo que hice ayer por la tarde. Escribí un artículo sobre Richard Brautigan, mi escritor favorito. Uno de ellos. El otro es Kurt Vonnegut. Y el otro es John Fante. Y el otro es... Bueno, hay muchos. Pero Brautigan es uno de ellos. Uno de los GRANDES.

Y tenía este aspecto:

Y este es el artículo:

"Su madre lo abandonó a los nueve años en una habitación de motel. A los 20, pasó una temporada en el psiquiátrico en el que se rodaría el clásico Alguien voló sobre el nido del cuco. Por entonces ya escribía poemas absurdos, relatos absurdos, novelas absurdas. Alguien ha dicho que el único juguete con el que Richard Brautigan (Tacoma, 1935) jugó de crío fue su cerebro. Y puede que esté en lo cierto. Porque Brautigan escribía como lo haría un niño, dibujando mayordomos gigantes que encogen de repente, loros que coleccionan trofeos de bolos, detectives
que se divierten imaginando que son el famoso detective Smith Smith, chicas rubias que beben cerveza sin parar y nunca van al cuarto de baño y habitaciones de hotel que se llaman La Pesca de la Trucha en América. Como la novela que vendió dos millones de ejemplares allá por 1967, cuando se publicó originalmente y que ahora, por fin, 43 años después, llega a las librerías españolas. Y lo hace a través de Blackie Books, que apuesta por el autor maldito de la generación
beat (hay quien asegura que La pesca de la trucha en América es en realidad una parodia de En el camino, de Kerouac) hasta el punto de fundar su propia biblioteca.

La intención es recuperar un par de libros al año. La pesca de la trucha en América da, así, el pistoletazo de salida. La pesca de la trucha fue la primera novela que escribió un por entonces jovencísimo Brautigan (nunca llegaría a viejo, se pegó un tiro a los 49) y también es el nombre con el que al menos una pareja de fans ha bautizado a su hijo. Porque, por extraño que parezca, en la novela no hay ni una sola trucha real. Brautigan la escribió durante unas vacaciones, sobre una mesita plegable, en mitad del bosque, puede que junto a un arroyo. Y la novela está protagonizada por un tipo que se llama La Pesca de la Trucha en América y una habitación de hotel que se llama así y un hotel que se llama así. En la portada del original aparecía Brautigan y su chica de entonces, también su musa de entonces, Michaela Le Grand. Hay quien asegura que puede leerse como una brutal y divertidísima parodia de En la carretera o cualquier otro clásico beat que se precie. Porque Brautigan fue un beatnik, sí, pero lo fue hasta el final y cuando Jerry Rubin llegó aWall Street, él seguía luchando por su literatura galáctica embutido en unos tejanos gastados, tecleando como un loco, con la vista clavada en su vaso de Jack Daniel’s.

Precisamentemedio vaso de Jack Daniel’s fue lo que encontraron junto a Brautigan (además de dos dólares en calderilla y una Magnum) en octubre de 1984 en su casa de Bolinas, California. Encontró su cuerpo un detective privado. Probablemente hacía un mes que Brautigan había
ocupado su lugar en el mundo. Era una de sus frases: «Todos tenemos un lugar en el mundo. Él mío está en las nubes».

A La pesca de la trucha en América, le seguirá InWatermelon Sugar (En azúcar de sandía), la historia de un pueblo en el que todo está hecho de azúcar de sandía. En la lista de espera de la Biblioteca Brautigan quedan títulos como El monstruo de Hawkline y la surreal y desternillante antología de relatos La venganza del césped."

Brautigan tuvo una hija, Elizabeth. Sus padres se separaron cuando tenía dos años. Ahora tiene 50. También escribe libros. Bueno, en realidad ha escrito un libro sobre lo que supuso el suicidio de su padre. Para ella. Ella creció con su padre. Luego su padre se murió (se pegó un tiro, sí) y ella se casó con un director de cine. Tuvo una hija. Le puso Elizabeth. Luego creció un poco más y quiso rodar un documental sobre su padre. En ello está.

Esto es lo último que ha escrito al respecto:

"The documentary is going really well. It's fascinatign to interview my father's old friends. I have also been spending a lot of time in San Francisco which brings back so many memories. My daughter and I spent a couple of hours in City Lights Books on a cold rainy evening. It's the only place in North Beach besides Washington Square Park that remained the same".

miércoles, 24 de marzo de 2010

Dinosaurios en Berlín


Viaje relámpago a Berlín para entrevistar a Marie NDiaye, nuevo fichaje de Acantilado. Una señora con unos labios del tamaño de un par de transatlánticos neumáticos. Después de la obligada visita al Instituto Cervantes (NDiaye dió sus 'sí' y sus 'no' allí, porque eso era todo lo que hacía, decir: 'Oui' y 'No', sí, la señora es francesa, aunque vive en Berlín porque no le gusta Carla Bruni), una divertidísima charla con Carmen Burguess en este tétrico bar




que nos encantó a las dos. Charlamos de bandas (Mueran Humanos) y de fotonovelas ('¿Por qué nadie me cuenta nada raro nunca?'), bebimos un poco (no demasiado) y estuvimos a punto de acabar en el infierno (bloques de pisos comunistas acechando, la oscuridad estaba por todas partes). Por lo demás, la noche fue tranquila, y me permitió tener, a la mañana siguiente, una corta pero intensísima cita con el Brontosaurio más grande del mundo. Está en el Naturkunden Museum de Berlín, rodeado de un buen puñado de huesos de colegas, como los del velocirraptor que podéis ver aquí abajo.


Fue maravilloso. Como cruzarse con Supermán por la calle. Pero no un Supermán cualquiera. El de verdad. Los monstruos existieron. Estaban aquí antes que nosotros.
Mola.

domingo, 21 de marzo de 2010

Generación B



El señor Xavi Ayén ha escrito un fabuloso artículo sobre cuatro tipos y una chica supuestamente llamados (entre tantos otros) a renovar la narrativa española desde Barcelona. Los tipos son Javier Calvo, Jorge Carrión, Álvaro Colomer y Josan Hatero. La tipa soy yo.

Lo ha titulado 'Generación B'.

Y lo ha publicado en La Vanguardia de hoy: domingo, 21 de marzo.

Ahí os dejo el link al PDF (con la versión completa del artículo):

http://docs.google.com/fileview?id=0B1s28w-gSedDNjI5YTM1NDAtNDk4NC00MGM4LTk1NjctMDg3ODE1NzlmZGEw&hl=en

viernes, 19 de marzo de 2010

Mi desayuno con Pola


El martes desayuné con Pola Oloixarac, la chica de moda.
Este es el artículo que escribí esa misma tarde y que se publicó al día siguiente (miércoles 17 de marzo) en El Mundo.

"Entendimos mal a Borges, las teorías son literatura"

A los 15 leía a Sabato, ahora colecciona orquídeas. Le gustan las películas de Todd Solondz, crueles y valientes, y las canciones tristes de Morrissey, igualmente crueles, sinceras y valientes. Cree que la filosofía es el playground de Satán y su primera novela, Las teorías salvajes (Alpha Decay), ha hecho saltar por los aires todo lo que se entendía por nueva literatura argentina, a base de un discurso musculoso (construido a conciencia, imposible de derribar) y sugerente, erótico y erudito a partes iguales, sí, transgresor pero también concienzudamente borgiano. «Creo que a Borges lo entendimos mal», dice su autora, Pola Oloixarac (Buenos Aires, 1977), que no se sintió «cómoda» escribiendo hasta que decidió que las teorías que correteaban por su cabeza «también» eran y debían ser literatura.«Vivía en un universo empírico que nunca metía en lo que escribía. Lo de separar ambos mundos tiene algo de herencia borgiana. Escribir nos parece un trabajo superintelectual que no tiene nada que ver con el universo empírico. Pero no es verdad. Hasta que no me di cuenta de eso no empecé a pasarlo bien escribiendo, desde entonces soy feliz», sentencia Pola, que sonríe a menudo. Se está bebiendo un zumo de naranja y dice que antes «sólo sufría» escribiendo. También dice ser fan de Mario Bellatin, Alejandra Pizarnik y Nabokov. «Amo a Nabokov». De hecho leyó una y otra vez Lolita y Pálido fuego mientras escribía Las teorías salvajes. Lo de su afición por las teorías es otra historia. Una historia que tiene mucho que ver con uno de los protagonista de la novela, Pablo, también conocido como Pabst, terriblemente feo pero inteligentísimo. «Yo también me dedicaba a tratar de ganar siempre en todas las discusiones, jugaba, y todavía lo hago, a encontrar el argumento definitivo», confiesa.Pero, ¿qué pasa en Las teorías salvajes? Pues pasa que la narradora tiene una gatita a la que llama Montaigne y un pececito rojo, llamado Yorick, y está elaborando la teoría definitiva, mientras juega a dejarse someter por un bestia llamado Collazo y trata de seducir a su profesor (un tal Augustus, que huye de ella). Mientras, Pabst se lía con la rarísima Kamtchowsky, y elaboran un millón de teorías sobre lo que la inteligencia le debe a la fealidad, hasta que Andy y Mara los abordan en una fiesta y les proponen formar una extraña «pareja» a cuatro. Lo raro es que Andy y Mara son demasiado guapos y están dispuestos a desmontar todas sus teorías. Y luego está Van Vliet, el investigador, «antecedente fantasma» de la propia narradora, «totalmente enamorado de su objeto de estudio». Los tres universos se entrecruzan a un ritmo trepidante.Se cita mucho en Las teorías salvajes. Se cita a Leibniz y se habla de la peluca de Descartes. Y hasta se transcriben, a modo de «piezas arqueológicas», anuncios de Levi's y horóscopos de revistas femeninas. «Tan siniestros que han llegado a creer que me los he inventado, pero son reales, me gustaba la idea de rescatarlos y darles ese toque arqueológico», dice Pola, que confiesa leer «bastante chatarra», siempre más de un libro a la vez y «de forma caótica». «Leo muchísimo, me paso la vida leyendo», asegura. Leyendo y escribiendo. Ya tiene en marcha su próxima novela y lo único que puede decirnos de ella es que «va sobre plantas». «Me encantan las plantas». Reconciliada definitivamente con Borges, escribe bajo su sombra. «Es un fantasma divino, me gusta tenerlo cerca»

Segunda edición en una semana.

Pola empezó a escribir 'Las teorías salvajes' en 2005 (es decir, a los 28 años) y lo publicó en 2008, en la editorial argentina Entropía. El libro, un tratado retorcido sobre «lo que hay en el fondo de todas las cosas» (a su autora le gusta teorizar y analizar todo lo que hace y lo que hacen todos los que la rodean), se convirtió en una pequeña joya de culto, sin hacerse excesivamente visible. Su desembarco en España, dos años después, ha superado todas las expectativas. En menos de una semana, se ha puesto en marcha la segunda edición. Las críticas no sólo han sido favorables, sino que han llegado a calificar su novela de «el gran acontecimiento de la nueva narrativa argentina». Algo que Pola no acaba de creerse. «No sé qué pensar de todo esto, lo importante es tener lectores», dice Pola, devoradora de ensayos, que aúna «tensiones» en su novela y ha pasado muchas tardes en la biblioteca (y en la hemeroteca) reuniendo el material que le ha permitido construir ese edificio indestructible al que ha llamado 'Las teorías salvajes'.

martes, 16 de marzo de 2010

Pero, ¿de qué va 'Welcome'?


La sinopsis, que aparece en la contraportada de la novela, y que escribió el señor Gonzalo Torné, autor, por cierto, de 'Lo inhóspito', es la siguiente:
"Bienvenidos a Welcome. Un mundo del futuro. Repleto de centros comerciales, barrios residenciales y grandes estrellas. Donde la política, el periodismo y cualquier otro acontecimiento de la vida cotidiana transcurre como si de un plató de televisión se tratase.
Pero la realidad -una realidad, ciertamente, chocante- está a punto de irrumpir en ese mundo feliz. Un objeto volante no identificado acaba de impactar contra uno de los centros comerciales de Welcome. Se estima que hay miles de muertos.
El principal periódico (Welcome Times), la principal revista (Malas Lenguas) y la principal televisión (Welcome Te Ve) de la ciudad se ponen en marcha y compiten para cubrir la noticia. ¿Se trata de una campaña publicitaria? ¿Están grabando una nueva 'sit-com'? ¿Se enfrenta el alcalde a una revuelta? ¿Se trata del regreso del legendario Rondy Rondy, escritor desaparecido? ¿Será verdad que ha muerto Pedro Juan, el actor de moda, y si es así, quién pondrá fin a la cadena de suicidios de sus desoladas fans? ¿Es que de verdad se trata de un ovni conducido por un extraterrestre peludo?
Sea como sea, estás a punto de descubrirlo, y de conocer a la intrépida Lu Ken, a Caludio Arden, el alcalde enano, a Sarah Du, la única superviviente, a la gran diva Anita Velasco, al aspirante al Welcomitzer, Clark Roth, entre muchos otros personajes... Y llegas en buen momento. Porque después de esto, Welcome (el genuino y único centro del mundo civilizado futuro) nunca volverá a ser el mismo. Quedáis avisados."

lunes, 15 de marzo de 2010

Joyce, soy Vila-Matas


Esa señora que sostiene un revólver es una escritora. Se llama Poppy. Una vez escribió una novela sobre un asesino en serie y luego escribió la biografía no autorizada de Courtney Love.
Yo leí la biografía no autorizada de Courtney Love.
Me costó menos de una libra en una librería 'vintage' de Londres.
Un par de años después, quise entrevistarla.
Le envié un mail.
Me lo contestó.
Dijo: Estupendo.
Así que, dispuesta a armar una entrevista, entré en su página web y descubrí que llevaba un diario virtual al que llama simplemente 'journal'. En su diario, Poppy escribe cosas como esta:

"I LOVE SHOOTING. I love the smell of the gunpowder, the power in my hand, the certainty that I could kill if I needed to, the way my focus narrows down to the connection between my eye and my hand and the target.
I didn't do too badly at it, either, for my first time. I shot 56 rounds and there are at least 50 holes in the target."

Cuanto menos, una señora sincera.
Lo único que hace Poppy en su tiempo libre es disparar y darle de comer a sus decenas de gatos.
También escribe, claro, libros, sí, y un diario apasionantemente violento. Podéis echarle un vistazo aquí: http://docbrite.livejournal.com/

Estoy pensando seriamente en convertir este blog en un diario parecido.
Irme a disparar a algún sitio y luego contar cuántos aciertos he hecho.
En el día de hoy:
Me he bebido una botella de agua mientras entrevistaba a Enrique Vila-Matas.
EVM.: Tengo un cuaderno y escribo todo lo que hago.
LF: ¿Todo?
EVM: Todo. Lo que pasa es que lo escribo de forma tan telégráfica que luego olvido con quién he comido. Confundo los días. Me pasa sobre todo con las citas familiares.
LF: ¿Y cuántos cuadernos tiene?
EVM: Muchos. Lo llevo haciendo desde que trabajaba en Fotogramas. Cuando salía cada noche. Cuando era un chaval.
LF: ¿Y por qué lo hace?
EVM: No lo sé.

Un misterio obsesivo compulsivo.

Para quienes prefieran la versión artículo virtual:
http://www.elmundo.es/elmundo/2010/03/15/cultura/1268671167.html

viernes, 12 de marzo de 2010

Welcome, el libro más buscado


Bien, esto es lo que pasa cuando un escritor como Enrique Rubio (autor de la genial 'Tengo una pistola'), hace un llamamiento desde su Facebook a todos sus fans y les pide que busquen por tierra, mar y aire un libro llamado 'Bienvenidos a Welcome', escrito por una tal Laura Fernández, que quedó, por cierto, en el número 17 en la lista de los mejores libros del año de la revista 'Go', allá por 2008. ¿Y qué ocurre? Pues que su autora pone en marcha un blog, algo que llevaba postergando desde hacía un millón de años o dos. Lo bautiza, por cierto, como el libro en cuestión, en vista de que se ha convertido en objeto de culto. Y empieza a desenterrar ejemplares.
El primero que encuentra lo guarda para Juanjo Sáez. Porque aunque confesara que todavía no ha leído 'Lunar Park' y aunque diga que 'American Psycho' es un muermo, se está leyendo 'Las leyes de la atracción' y eso es lo que importa. Eso y que se ofreció a entrevistarme en mitad de la entrevista que yo le estaba haciendo a él por el también genial 'Yo. Otro libro egocéntrico de Juanjo Sáez' (Reservoir Books).
El segundo es para un fan de Enrique (Rubio) que vive en Estados Unidos y que se llama Brent. No, no es un personaje de Welcome aunque lo parezca. Es un tipo de verdad que quiere leerme. Todo esto es muy extraño.
Todo esto es, ciertamente, extraño.
Muy extraño.
En cualquier caso, os quiero a todos.
Bienvenidos a Welcome.